Una aciaga tarde para Pedro Romero

“El Tajo” de Ronda

Hay acontecimientos personales en la historia de la humanidad que cobran mayor o menor relevancia en función de la nobleza que se hereda, la posición social que se alcanza, la notoriedad popular adquirida o la fama del personaje ha historiar.

Todos conocemos, grosso modo, de pasada, de oídas y en un menor número, entre aficionados se entiende, algo de la biografía de algunos toreros célebres que marcaron hitos históricos en esa otra historia de España, que diría Ortega y Gasset refiriéndose a la historia de los toros.

Pero qué conocemos de esa ingente nómina de toreros anónimos, que integran cualquier obra de autores que se han ocupado de las biografías de ignorados componentes del toreo.

Si hacemos un parangón del porqué de la insignificante importancia de algunos biografiados, con los dos últimos versos, de la segunda estrofa, de la loa que dedicó Calderón “Al soldado español de los Tercios”, más conocida como “La Milicia”, expuesta, en otro tiempo, en el zaguán de entrada de muchos cuarteles del Ejército Español, que dice:

“Aquí la necesidad
no es infamia; y si es honrado,
pobre y desnudo un soldado
tiene mejor cualidad
que el más galán y lucido;
porque aquí a lo que sospecho
no adorna el vestido al pecho

que el pecho adorna al vestido“.

En estos dos últimos versos encontramos la respuesta del porqué de esa poca reputación y notoriedad alcanzada. El llamado traje de luces del torero, por mucho que adorne al diestro, que le adorna, no por ello le confiere valor, maestría, técnica ni arte; es, por el contrario, el valor, la maestría, la técnica y el arte que atesora el torero el que adorna al vestido de luces y por tanto a su propia biografía.

Hoy nos vamos a ocupar de uno de esos anónimos protagonistas del toreo que no adornaron al “vestío” de luces –que aunque la mayoría llevados no solo por su afición a los toros, sino por esa ilusión íntima por conseguir la gloria que todos anhelaron-, no llegaron a escalar los peldaños de la escalera de la fama ni alcanzaron el éxito soñado y por tanto quedaron sumidos en las tinieblas del olvido.

Francisco Romero, el primero de la Dinastía

A pesar de pertenecer a la primera dinastía de toreros famosos del siglo XVIII, que fueron precursores del toreo a pie, no alcanzó, como decíamos, quizá por sus pocas aptitudes artísticas, los éxitos de su famoso hermano. Nos estamos refiriendo a Juan Gaspar Romero Martínez, tercer nieto de aquel Francisco Romero, el inventor de la muleta, e hijo de Juan Romero de los Santos, el que organizó a las cuadrillas, y a su vez hermano del famoso Pedro Romero.Mas antes de seguir reseñando más detalles de ese aciago torero, veamos lo que dicen de él los taurómacos biógrafos de distintas épocas:

Según Cossío,  Juan Gaspar Romero Martínez, nacido el 17 de octubre de 1756, fué: “… Hijo de Juan Romero. Acompañó desde muy joven a su hermano Pedro, y fue de todos los Romero el que menos cartel logró y por ello del que menos noticias poseemos. Alternó en Madrid en 1790 con sus hermanos, e ignoro cuándo logró esta categoría ni qué corridas toreara anteriores a esta fecha. Su notoriedad en la biografía taurina ha sido debida a darse por segura su muerte, en 1802, en la plaza de toros de Salamanca, y en circunstancias verdaderamente dramáticas, por la presencia de su padre Juan Romero y de su hermano Pedro”. (1)

En esa descripción Cossío destaca, en primer lugar, que fue el que “menos cartel logró” de todos los hermanos y además resalta que “su notoriedad”, para desventura del desdichado, fue debida a la muerte trágica que sufrió.

Rafael Guerra Bejarano “Guerrita” nos dice, en su “Tauromaquia”, que fue: “Hermano de Pedro también, pero lidiador de segundo término. Dicen algunos que murió a consecuencia de una cornada en la Plaza salmantina en 1802, pero esto no debe ser exacto, pues ni en la parroquia a que pertenece y pertenecía la Plaza en que se celebraban las corridas, ni en el Hospital, se encuentra documento que lo acredite”.(2)

Juan, padre de Pedro Romero

Aquí “Guerrita” resalta que fue un “lidiador de segundo término”, al tiempo que alberga ciertas dudas de la veracidad de su muerte en la fecha que casi todos barajan, ya que, según argumenta, “ni en la parroquia a la que pertenecía la Plaza, ni en el Hospital, se encuentra documento que lo acredite”.Por otra parte D. José Sánchez de Neira, en su obra “El Toreo”, dice al respecto de Gaspar Romero: “Hermano del célebre Pedro, que en muchas plazas de Andalucía trabajó como espada en unión de José y Antonio, y también de su cuñado Jerónimo José Cándido, notable diestro que debió su educación torera al afamado Pedro. No era como éste, ni mucho menos, el Gaspar en cuanto a inteligencia; así que la historia se ha ocupado poco de él, y faltan datos sobre sus circunstancias. Se asegura que murió en la plaza de Salamanca en 1802”.(3)

Tampoco este biógrafo deja bien parado al desafortunado Gaspar, y la aseveración que hace de su exigua “inteligencia” viene a confirmar que “su pecho no adornaba al vestido”, delatando su limitada capacitación técnica para ejercer el toreo con lucimiento.

Sabemos que la fatídica corrida se celebró en Salamanca el 12 de Septiembre de 1802, alternando con su padre Juan y con el gitano José Ulloa “Tragabuches” que recibió de Gaspar la alternativa, en la que éste fue cogido y muerto en el primer toro, por lo que Ulloa tuvo que terminar la faena.

“Tragabuches”

Sánchez de Neira, al hacer la biografía de José Ulloa, el famoso “Tragabuches” (nacido en Arcos de Frontera el 21 de Septiembre de 1781), nos aporta algunos datos de importancia, que luego recordaremos y nos servirán a la hora de desembrollar las contradicciones de bulto de algunos autores, dice “…a los veinte años entró a formar parte como banderillero de las cuadrillas de José y de Gaspar Romero, y a poco tiempo tomó de este último la alternativa como espada en el año de 1802, y cuando el infeliz Gaspar murió desgraciadamente en la plaza de Salamanca, él, que era su segundo, concluyó la lidia en lugar de aquel. “(4)Este famoso “Tragabuches” es el que en 1814, tras matar al sacristán, Pepe “El Listillo”, y a su amancebada mujer, la bailaora María “La Nena”, huyó a la sierra rondeña en la que coincidió con el bandolero José María “El Tempranillo”, antes de unirse definitivamente a los famosos “Siete Niños de Écija”, dirigidos a la sazón por Juan Palomo, hasta que en 1817 fueron todos capturados, excepto “Tragabuches”, cuyo rastro desapareció para siempre (ver la sentencia de la época). Dicen que no era mal cantaor, y se conserva una letra atribuida a él que dice:

Una mujer fue la causa

de mi perdición primera.

No hay ningún mal de los hombres

que de mujeres no venga”.

 

Sentencia de los 7 Niños de Écija

Juan José Zaldívar Ortega, en su obra “La dinastía de los Romero”, pone en boca de Pedro Romero un comentario que, de ser cierto, denotaría una serie de contradicciones con los hechos históricos que otros aportan, que, en modo alguno, nos atreveríamos a imputar a tan preclaro ¡Maestro!:«Fuimos siete hermanos, seis varones y María Isabel. Cuatro fuimos toreros: Juan Gaspar, José, yo y Antonio. El primero y el último murieron por astas de un toro. A Juan Gaspar, el único que no llegó a matador, le mató un toro en la Plaza Mayor de Salamanca. Cuando ocurrió esto tenía diecinueve años y actuaba esa tarde a las órdenes de mi padre. Fue tanta la sed de venganza que me entró que, a pesar de la negativa de mi padre y sin tener la venia de la autoridad, cogí el estoque y tumbé al morlaco de una estocada. Fue tanta la impresión que tuve que me marché a Ronda y estuve un año sin querer saber nada de esto.».

Entre esas incoherencias, que luego analizaremos, señala Pedro Romero que su hermano Gaspar fue “el único que no llegó a matador” de toros. Luego de ser cierto, cómo pudo conceder la alternativa a “Tragabuches”, como dice Sánchez de Neira, si además de no ser matador iba como subalterno y “actuaba esa tarde a las órdenes de su padre”?. Y cómo se compadece la edad de su muerte, diez y nueve años, con los cuarenta y seis que tendría en 1802?.

Luego, al hacer una relación de la Saga de los Romero, se advierte algún que otro error de cálculo cronológico, a los que no daremos mayor importancia:

Francisco Romero, nació en Málaga (1699-1767), y murió a los 68 años de edad.

Hijo de Francisco: Juan Romero de los Santos (1729-1824), y murió con 95 años.

Hijos, de Juan fueron: José Romero Martínez, (1745-1826), falleció a los 81 años de edad.

Pedro Romero Martínez, (1754-1839), 95 o 102 años.

Juan Gaspar Romero Martínez. (1756-1773), 17 o 19 años .

Antonio Romero Martínez, (1763-1802), 38 años”. (5)

Curioso libro religioso de Pedro Romero de 1804

Hasta aquí, aunque algo adornados y dilatados, por mí, los exiguos datos y discrepancias que sobre este matador, banderillero o media espada que, “ni se sabe” en verdad lo que fue en concreto, nos ofrecen los revisteros de antaño, dejándonos con la miel en los labios sobre los pormenores del desarrollo de dicha corrida y las particularidades de la cogida, que en tan aciaga tarde sembró de tragedia la salmantina plaza, cobrándose la vida de un miembro de tan brillante Dinastía.Dicho esto solo cabría, para poner el punto y final a este artículo, esclarecer las contradicciones de bulto de algunos autores que, tal vez sin pretenderlo ni detectarlos ellos mismos, se desenmascaran con el solo contraste de su lectura. Pero ese sencillo ejercicio aclaratorio que solo satisfaría la curiosidad del lector, es menester que aguarde un poco más. Y por qué?

Pues por la sencilla razón de la aparición de un nuevo documento con el que tuve la suerte de toparme, en ese rebuscar vicioso que me domina, que, aunque de extensa prosa, merece la pena transcribir.

Se trata de un artículo titulado “Una anécdota de Pedro Romero”, del liberal escritor costumbrista, del siglo diecinueve, D. José Somoza, que fue amigo de Goya, cuya crónica publicó el “Semanario Pintoresco Español”, el 6 de febrero de 1842, y aunque no aporta luz alguna a la oscuridad cronológica del deceso, al menos nos facilita bastantes detalles, al tiempo que nos describe con sobrecogedor y escalofriante relato, lo que ocurrió en aquella tarde aciaga para los Romero:

Siempre que miro el retrato de Pedro Romero, pintado por Goya, admiro el ingenio de éste artista, que en un retrato de medio cuerpo ha encontrado medios de caracterizar a aquel torero célebre y singular. Su semblante, que está muy parecido, respira honradez y aún sensibilidad, sin que se advierta nada que indique la ferocidad desalmada de las costumbres gladiatorias. Solo una de sus manos, que está abierta y apoyada sobre el otro brazo, es la que manifiesta la profesión del personaje. Esta mano de atleta se presenta en primer término, y llama la atención de los espectadores para que no duden respecto al ejercicio y fuerza del que miran. La primera vez que vi este retrato en el estudio de Goya, recordé una conversación de mi padre relativa a Pedro Romero.

Pedro Romero, de Goya

   Se trataba de la inmoralidad de las corridas de toros, y conviniendo mi padre en todas las invectivas triviales y repetidas contra este espectáculo, decía que sin embargo había él recibido una lección de moral muy fuerte y profunda en la corrida de toros en que murió un hermano de Pedro Romero. El lance sucedió en la plaza de Salamanca, como saben todos los aficionados. Apenas Pedro Romero, joven entonces, vió a su desgraciado hermano caer mortal, se dirije a la barrera, toma una espada, y corre hacia el toro sin pedir licencia a la autoridad, sin escuchar las súplicas de su anciano padre, que traspasado de dolor por la pérdida de un hijo, veía probable la de éste otro, que amarillo de cólera, erizado el cabello, con solo la espada, sin capa en la otra mano, ni ninguna otra defensa, corre hacia la fiera, y para llamarla la atención y separarla del cuerpo de su hermano da un grito espantoso. Cuando oí aquel grito (decía mi padre), no tuve por increíbles aquellos gritos que en las batalla de Homero dan los guerreros, y son oídos en medio del combate. Este grito produjo un general silencio; el interés de los espectadores mudó de objeto; ya no es el héroe de la función el animal perseguido injustamente, y que se venga de gentes asalariadas de poca importancia que le persiguen. En efecto ¡qué escena! Un padre arrodillado en medio de la plaza, y que pide al cielo le conserve un hijo, al tiempo que acaba de ver expirar el otro. Todo el mundo se interesa ya por esta desgraciada familia. El terror y la compasión en el más alto punto se han apoderado de todos. En este intervalo de silencio trágico, Pedro Romero y el toro se arrojan uno contra el otro, y éste último cae muerto de una sola estocada de aquella mano diestra y firme, dirijida por la vista más certera que hubo entre lidiadores. Las voces y palmadas de aplauso resuenan por todas partes; pero ¡oh, naturaleza! El sensible Pedro Romero no las escucha, ni contesta a ellas; el público y la gloria le es indiferente; no es aquel Pedro Romero airoso y gallardo, que concluida la estocada se solía congratular con el anfiteatro de un modo tan halagüeño é inimitable, con aquel movimiento circular del brazo y de la espada, y aquellos pasos apresurados y cortos sobre las puntas del pie: es un desgraciado hermano, es un individuo de la humanidad que pasa por la rueda de pasiones y dolores que ocasiona un desastre, y que desde la altura de la ira y venganza cae desmayado entre los brazos de un padre. Los otros lidiadores rodean llorando al padre y al hijo, y los sacan de la plaza. La función no prosigue; el espectáculo se da por concluido con este acto; los espectadores bajan de sus asientos convencidos de que no puede ofrecérseles ya escena que interese. Cada uno quiere ir a meditar en silencio o a comunicar con sus familias la sensación que ha experimentado, y a gozar de la seguridad de no haber perdido desastrosamente un hijo ó un hermano”. (6)

Barrera pintada de la Plaza de Ronda

Hasta aquí los exiguos datos biográficos, aportados por la mayoría de autores, sobre el tercer vástago de Juan Romero de los Santos que, como acabamos de ver, no difieren mucho en cuanto a la fecha de su mortal cogida, a pesar de las reservas de “Guerrita” sobre la veracidad de la fecha, ante la ausencia de datos en el Hospital y en la Parroquia a que pertenecía la Plaza.Aún así el citado Juan José Zaldívar Ortega, en su obra “La dinastía de los Romero”, que pone en boca de Pedro Romero ese comentario de que Gaspar era “el único que no llegó a matador”, y que cuando ocurrió el óbito “tenía diecinueve años y actuaba esa tarde a las órdenes de mi padre”, cuestión que mantiene al citar la relación de la Saga de los Romero dice “Juan Gaspar Romero Martínez. (1756-1773), 17 o 19 años”. Luego si el Sr. Zaldívar hubiese reparado en la edad que tenía Gaspar y que dijo Pedro Romero, su muerte se hubiese producido no en 1773, sino en 1775.

Pero a qué se debe este error, pues a que en esa obra “La Dinastía de los Romero” aporta un supuesto certificado de defunción existente, al parecer, en la parroquia de la Purísima Concepción de Salamanca, aunque se cura en salud al decir “pero es hasta posible que no sea él”, que dice así: “Don Valentín González Gómez, párroco de la Purísima Concepción, de Salamanca: Certifico que en el libro de difuntos que obra en este archivo de la suprimida Parroquia de San Blas, correspondiente al año 1773, y el folio 129, se encuentra una partida que, copiada dice como sigue: En la ciudad de Salamanca, a dieciséis días del mes de septiembre del año mil setecientos setenta y tres, murió Juan Gaspar Romero marido que fue de María Pérez, y se enterró en la iglesia parroquial de San Blas de esta ciudad. No testó por ser pobre. Recibió los Santos Sacramentos de Penitencia, comunión y Extremaunción, y en fe de ellos, como cura ecónomo, lo firmo ut supra. Don Antonio Martín García de Celis”.

Ya vemos que, cuando menos, el Sr. Zaldívar no repara en contrastar los datos que aporta en sus biografías, ya que en otra biografía, también suya, afirma que esa tarde “Pedro Romero y su hermano Juan Gaspar, alternaron en un mano a mano fraternal en la Plaza de Toros de Salamanca, en la campaña de 1773, cuando Pedro contaba diecinueve años de edad, matando ya toros tres años antes. En esa corrida fue herido de muerte Juan Gaspar y Pedro interrumpió esa temporada por la desgraciada muerte de su hermano. Pedro le hizo vanamente el quite y con espada y muleta mató al toro causante de la tragedia”.

En fin, los datos que aporta el Sr. Zaldívar, como vemos, se comentan por sí solos, o de lo contrario, cómo es posible que Cossío, el historiador taurómaco de mayor prestigio y fiabilidad, afirme que “alternó en Madrid en 1790 con sus hermanos”; que Sánchez de Neira dijese que “Tragabuches”, nacido en 1781, “a los veinte años entró a formar parte como banderillero de las cuadrillas de José y de Gaspar Romero,(es decir en 1801) y a poco tiempo tomó de éste último la alternativa como espada en el año de 1802” y que el día del deceso tuvo que ser “Tragabuches” el que matara al toro que mató a Gaspar. Y, como decíamos anteriormente, si no llego a ser matador cómo pudo otorgar la alternativa a José Ulloa unos meses antes de la aciaga tarde.

Y por otra parte, quién mató al toro esa tarde, “Tragabuches” o Pedro Romero. Y es el Sr. Somoza el que habla de oídas o es Sánchez de Neira. Para mí prefiero quedarme con el relato elocuente del Semanario Pintoresco de 1842.

Los que sí es cierto es que la mayoría de autores que, casi de pasada, se refieren al malogrado miembro de la famosa saga rondeña, coinciden en señalar como probable, que el trágico suceso ocurrió en Salamanca en el año de 1802 .

Ya ven cómo es de esquiva la suerte, de ingrata la historia, de huidiza la verdad y de huraños los datos, cuando se refieren a personajes que por su escasa capacidad técnica y limitado arte, no escalaron los peldaños de la fama ni llegaron a alcanzar la ansiada gloria y por tanto su pecho “no adornó al vestido” y su andadura por los albores del toreo quedó relegada, sino al olvido absoluto, cuando menos difuminada en esa tiniebla nebulosa de la indiferencia.

Y se preguntarán Vds. cual fue el motivo de revivir una tarde tan nefasta para tan infeliz torero. Pues el pretexto no es otro que el haberme topado, primero con un semanario decimonónico tan pintoresco como él mismo se intitula, y segundo, al leer el artículo que les he transcrito anteriormente, del Sr. Somoza, cuya prosa florida está atestada de una serie de giros lingüísticos abigarrados, propios de los escritores costumbristas del siglo diez y nueve.

Ese estilo de prosa que acabo de relatar es la que atesora, y se me antoja que supera, un amigo cardinal, que almacena en su intelecto clarividente un acervo tauromáquico tan amplio que abarca, yo diría, desde el Conde de las Navas a Andrés Amorós y Cossío en medio, pasando por nuestro querido Fernando Claramunt. Se atreverá algún día a regalarnos, y poner en negro sobre blanco, un buen pedazo de lo que sabe?. Si llegásemos a tener esa bendita suerte verán que este Señor, “sí adorna su pecho al vestido”. Él sabe que para los amigos es el mayor “desiderium”. He dicho.

Plácido González

 

BIBLIOGRAFIA

(1).- José María de Cossío, “Diccionario de Toreros”, pag. 474

(2).- Rafael Guerra “Guerrita”, “Tauromaquia”, Tomo II, pag.794

(3).- José Sánchez de Neira, “El Toreo”, pag. 478

(4).- José Sánchez de Neira, “El Toreo”, pag. 504

(5).- Juan José Zaldívar Ortega en su obra “La dinastía de los Romero”:  http://www.fiestabrava.es/pdfs/TR-1.pdf

(6).- “Semanario Pintoresco Español”, 6 febrero 1842, pag. 37

Hay acontecimientos personales en la historia de la humanidad que cobran mayor o menor relevancia en función de la nobleza que se hereda, la posición social que se alcanza, la notoriedad popular adquirida o la fama del personaje ha historiar. Todos conocemos,…

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