Los Dioses-toro de la Tormenta y II

TOROS MITOLOGICOS – V 

Teshub, Dios hitita de la tormenta

     En el capítulo anterior, sobre “Dioses-toro de la tormenta”, conocimos las peculiaridades y potencialidades de éstas divinidades en las áreas geográficas de Sumeria, Babilonia, Irán, valle del Indo e India, donde estos dioses de la tormenta tenían una presencia e importancia capital, dado el carácter de sociedades agrícola-ganaderas y la consiguiente profusión de religiones telúricas.

En este capítulo nos detendremos en los pueblos que bordean el conocido “creciente fértil”, en concreto entre las sociedades agrarias de Egipto, Palestina, Fenicia, Asiria, Mittani y Anatolia, además de Grecia y Roma, donde las características generales de dichas regiones, en los comienzos de la vida agrícola en su mayoría, era la aridez o las grandes dificultades para el desarrollo de la vida, debido a los suelos pobres y de difícil irrigación donde era frecuente que las cosechas se perdiesen por la falta de lluvia o como consecuencia de las devastadoras y violentas tormentas, cuando no del destructivo granizo, que arrasaban torrencialmente las cosechas, arrastrando el pobre y delgado manto de tierra fértil cultivable.

Bajo este cúmulo de adversidades es lógico que aquellas gentes fiaran su suerte, la de sus animales y sus cosechas, a la benignidad de un dios que fuese propicio en el envío de la lluvia fecundadora y poco dado a comportamientos iracundos y devastadores, tanto en la atronadora tormenta como en el viento huracanado.

A  fin  de solicitar de los dioses la beneficiosa lluvia o apaciguar su ira y la consiguiente tormenta destructora, los sacerdotes de cada sociedad se implicaban en elaborados rituales de “rogativa” o “aplacamiento”, de tan variada liturgia y ejecución como la practicada por algunos pueblos de África, quienes para solicitar la lluvia, como los “Matabeles” o los “Bechuanas”, “sacrificaban un toro negro y quemaban después las tripas, la hiel y la sangre”, en la creencia de que “el humo negro reuniría las nubes y ocasionaría la lluvia”; en cambio en los ritos de “aplacamiento” algunos pueblos alpinos solían esparcir, ante el encolerizado viento de tormenta, un poco de harina y migas de pan para aplacarla; cuando no utilizaban métodos más radicales y contundentes, como los usados por los mandarines de Cantón que, en abril de 1888, suplicaron a su “dios Lun gwong que parase la lluvia incesante y como se hiciera el sordo a sus peticiones, le encarcelaron durante cinco días, lo que tuvo un saludable efecto: la lluvia cesó y al dios se le devolvió la libertad”, según recoge J.G. Frazer en “La Rama Dorada”.

Dios Apis ó Hapis

En Egipto, donde nos dirigimos a continuación, su agricultura estaba circunscrita en su mayoría, además de algunos oasis, a las vegas del Nilo, las orillas del lago El Fayum y el Delta principalmente, al depender sus cosechas de las crecidas y desbordamientos anuales del río, cuyas aguas bravas arrastraban, allende la tercera catarata, infinidad de sedimentos que depositaba mansamente sobre las feraces orillas colmándolas de vida.

Esas beneficiosas inundaciones del Nilo las atribuían los egipcios, desde la más remota antigüedad, al dios-toro Hap, traducido más tarde por los griegos como Apis y que fue el dios de la religión oficial desde los tiempos del faraón Narmer ó Menes, hacia el año 3.000 a.C. y perduró relativamente pura  hasta la época Tolemaica, en el  323 a.C. Al ser Apis el responsable de las inundaciones del Nilo, su nombre iba siempre acompañado del “anj” o cruz “ansada”, que era el símbolo egipcio de la vida.

Cruz ansada egipcia

Otra divinidad que florece en todo el valle del Nilo es el dios Min, al que los egipcios asimilan con Amón-Ra, siendo calificado de «Toro de su madre» y «Gran toro». Al parecer el rayo era uno de sus atributos y su función pluvio-genésica se muestra en el epíteto que le asignaban: “el que rasga la nube”.

Min fue el dios que personificó la fuerza generatriz de la naturaleza y la procreación de las plantas, los animales y los hombres. Se le representó como un hombre itifálico, de piel negra o verde, portando corona de dos largas plumas y flagelo. En otras ocasiones como un toro negro, o un león. Se le conocía como el “Protector de la Luna y en el calendario egipcio el último día del mes lunar era conocido como “La salida de Min”. También se le llamaba “Toro de su Madre“, “Kamutef” o “Gran Toro“. Al ser el rayo uno de sus atributos se le daba el apelativo de “Aquel que desgarra la nube lluviosa“.

Dios Min

En Coptos se le veneraba como una antiquísima deidad de la fecundación y recibía el nombre de “Abridor de las Nubes“, y el templo dedicado a Min estaba coronado con un par de enormes cornamentas de toro, así como “una esbelta columna coronada por un par de cuernos…”, en clara referencia de la asociación del dios con el toro.

El Faraón se identificaba con él no pocas veces en el Festival de Min, conocido como “La salida de Min”,  donde el Faraón era acompañado de un servidor del templo, ayudándole a sembrar las semillas sobre el limo del Nilo, ya que la Festividad se celebraba en el noveno mes del año. El Faraón y su esposa oficial iban en una gran procesión ante la estatua del Dios Min itifálico, precedidos de un toro completamente blanco, al cual adornaban con un disco solar y dos plumas entre sus cuernos, que era el símbolo del Dios.

Al llegar la comitiva al campo elegido, se elevaba allí una capilla desmontable y se instalaba la imagen de un toro tras un dosel, recibiendo complicadas ofrendas. El Faraón segaba con un instrumento ritual un haz de hierbas y se la ofrecía al toro blanco, al tiempo que le invocaba: “¡Salve Dios Min, el que fecunda a su Madre (la Naturaleza)! ¡Qué misterioso es lo que has hecho en la oscuridad!”.

Festival de Min en Medinet-Habu

El culto a Min fue uno de los más populares en todo Egipto y la fiesta tan importante, descrita sucintamente, se llevó a cabo desde la época Tinita hasta el final de la Dinastía Ptolemaica (2920-30 a.C.).

No quisiera que abandonásemos el continente africano sin referir, brevemente, un par de curiosos rituales de lluvia de dos pueblos ganaderos de etnia nilótica del sur del Sudán, como los Shilluk y los Dinkas, asentados en ambas orillas del Nilo Blanco.    

Aunque los Shilluk se han convertidos en su mayoría al cristianismo en la actualidad, tenían un complicado ritual de lluvia que consistía en rociar un toro con agua del río mezclada con saliva, al que después alanceaban de forma que muriese lentamente. Según los giros y evoluciones que daba el toro en su agonía, se interpretaba si el significado de esas evoluciones agónicas serían favorables o adversas con respecto a la lluvia. Muerto el toro se desollaba y asaba, en cuyo banquete participaba todo el pueblo menos las mujeres embarazadas, sus maridos y las parejas que hubiesen tenido relaciones la noche anterior.

mapa de los Shilluk y los Dinkas

En cambio los Dinkas, la minoría étnica más numerosa del sur del Sudán, asentados, también, a orillas del Nilo Blanco desde el s. X, mantienen sus creencias originales, siendo su dios Nyalitch el dios del cielo y de la lluvia, al que en las rogativas para que les dispense la lluvia acostumbran a conducir una pareja de novillos, que debe rodear dos veces el “santuario de lluvia”, o rit, que construyen en el tronco de un árbol de ébano, en el que se fijan los cuernos de los novillos que han sido sacrificados en rituales anteriores. El chamán o bujo de la tribu, ata al árbol a los toros mientras el pueblo tañe tambores y baila alrededor hasta que los novillos mean, momento en que todo el pueblo se lanza a mojarse con la orina. A continuación el chamán sacrifica los dos toros cortándoles el gaznate, recogiéndose la sangre en un caldero que se calienta y se consume por los asistentes. La carne de uno de ellos se ofrenda a su dios de la lluvia, Nyalitch, y la del otro es consumida por todo el pueblo reunido, sin excepción de ninguna clase como ocurre con los Shilluk.

Como se habrá podido dar cuenta el lector, en general, casi todos los dioses-toro del Oriente Próximo eran dioses de fertilidad y muchos de ellos eran también dioses de la tormenta. Ya desde las épocas más tempranas del Neolítico, el toro perteneció a una de las dos religiones más antiguas que se conocen de la humanidad: Heliolatrías y Taurolatrías, donde el toro ejercía la función de fecundar la vida que era generada por el sol; por tanto la asociación del toro con los dioses de la tormenta estaba justificada por el efecto fecundante que produce la lluvia y, en algunas culturas, creían que ese poder fecundador era debido a que el dios de la tormenta derramaba su semen sobre la tierra en forma de lluvia.

Dejando atrás las fértiles tierras del Delta del Nilo y los desiertos del Sinaí y del Neguev, llegaremos a las riberas del Jordán, la zona más meridional del llamado “creciente fértil”, o a las tierras del antiguo Canaán y la milenaria Fenicia -conocida como “el país de la púrpura”, cuyo color extraían de un cangrejo, de igual coloración, muy abundante en sus costas-, donde nos encontraremos con una serie de dioses cuyo poder genesíaco formaba una perfecta simbiosis sincrética con el toro.

Cangrejo púrpura

En el mundo bíblico y entre el pueblo elegido por su dios supremo Yahveh -los Hebreos o Israelitas, pueblo de origen y vida nómada-, la asociación del toro con su dios está ampliamente probada en el Antiguo Testamento, donde el pueblo hebreo adoraba la simbiosis dios-toro en himnos y liturgias -un amplio estudio sobre esa adoración táurica pueden leerla en mi artículo “Toros mitológicos III, Israel a la luz de la Biblia”, en  el “índice de artículos” de esta web-, cuyas creencias se vieron enriquecidas por los múltiples contactos con los pueblos vecinos que también adoraban al toro, como babilonios, hititas, asirios, egipcios o cananeos.

Cierto es que muchas referencias sobre del dios-toro, en el Antiguo Testamento, han sido borradas o distorsionadas intencionadamente en traducciones recientes, por diferentes motivos. Podrían ponerse varios ejemplos de esas distorsiones de traducción, como el cambio de la palabra “toro” que ha sido sustituida por ”el poderoso”, o en otro pasaje el término “toro fértil” se ha traducido por “rama florida”, o más concreto aún, el de “toro poderoso” sustituido por el de “todo poderoso” de casi idéntica simetría fonética.

En cuanto a la variante del dios israelita de la tormenta, lo encontramos claramente identificado desde el principio del libro del Génesis, capítulo 2, versículo 5,  donde se justifica que no creciera “…arbusto alguno en el campo, ni germinaba la tierra hierbas, por no haber todavía llovido Yavé Dios sobre la tierra…” o bien cuando anuncia Yahvéh a Noé la llegada del diluvio universal en Gen. 7, 4: “porque dentro de siete días voy a hacer llover sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches”.

Aquí encontramos una de esas distorsiones generalizada de traducción del nombre de dios, por parte de las versiones modernas de la Biblia, como la Nacar-Colunga que manejo, que utiliza el nombre genérico de Yavé, además mal escrito, pues su traducción correcta sería Yahveh, que en hebreo se escribe “Yhvh” ( יהוה ) al carecer de vocales su escritura. Lo correcto sería que se hubiesen mantenido los nombres originales del Génesis, anteriores al éxodo de Moisés,  como Elohim, que es el más antiguo de la Biblia y aparece en Génesis 1,1 y es un plural mayestático de EL, que significa Dios; o los de El-Saddai, que es el nombre que dios le revela a Abram cuando le cambia el nombre por el de Abraham, que aún se mantiene en las traducciones modernas como en  Gen. 17,1-6: “…Siendo Abram de noventa y nueve años, se le apareció Yavé y le dijo: “Yo soy El-Saddai…” que significa “Dios todopoderoso” y en griego “Pantokratos” es decir “El que gobierna todo”, o los de Eloah o el de Eláh, que en árabe se convirtió en Allah. Todos esos sustantivos que se utilizaron hasta el siglo XIX a.C., y según en qué comarca geográfica nos encontrásemos se utilizaba uno u otro (noroeste de Mesopotamia, Siria, Fenicia, Canaán o Jordania), y vienen a significar lo mismo: Dios. Por ello no se entiende el interés por suprimirlos. (sobre este tema ver “Buscando a Dios, significado de los nombres divinos en la Biblia” de Mettinger)

Ruta seguida por Moisés

Cuando Moisés llega al Sinaí y bordea por la parte sur-oriental el monte de igual topónimo (hacia 1.250 a.C.), es cuando aparece el nombre de Yahveh, que significa “El Señor”, y es utilizado no solo en esta zona del Sinaí, sino por los madianitas del golfo de Áqaba, el noroeste de Arabia o la baja Jordania, que luego fue sustituido, en el uso cotidiano, por el de Adonai, ya que los hebreos consideraban el nombre de Yahveh demasiado sagrado y se usaba solo en algunas ocasiones solemnes. Este nombre aparece por primera vez en la Biblia cuando le fue revelado a Moisés en Éxodo 3, 15: “… Esto dirás a los hijos de Israel: Yavé, el Dios de vuestros padres… Este es para siempre mi nombre”, después de insistir reiteradamente Moisés en saber el nombre de Dios, pues ya antes en el versículo 14 de ese mismo capítulo, dios le había contestado: “YO SOY EL QUE SOY. Así responderás a los hijos de Israel: YO SOY me manda a vosotros” -escrito en mayúsculas por los traductores, lo que puede denotar que dios pudo contestarle a Moisés levantando la voz más de lo normal, tal vez harto de su insistencia-, que traducido en “román paladino” quiere decir: “Soy Dios y con eso basta”.

Yahveh era considerado un dios de “la batalla” y “la tormenta” cuya “voz era como el trueno” como se cita en Éx. 19, 19: “…Moisés hablaba, y Yavé le respondía mediante el trueno”;  no obstante en el versículo 9, de ese mismo capítulo y libro, Dios le había manifestado a Moisés: “ Yo vendré a ti en densa nube, para que vea el pueblo que yo hablo contigo y tengan siempre fe en ti”, por lo que los israelitas pronto asimilaron a Yahveh con el dios de la tormenta, cuya simbología llevarían consigo hasta la tierra prometida.

En cuanto a la iconografía de Yahveh, aunque jamás creo se ha representado así, bien podría representársele como a Adad, Teshup, Zeus o Júpiter con los rayos en la mano, tal como se refleja en el Deuteronomio 33, 2: “…Yavé, saliendo del Sinaí, vino a Seir en favor nuestro… con los rayos en su diestra…”.

En los siguientes ejemplos se refleja perfectamente esa personalidad de Yahveh como dios de la tormenta, tal cual se evidencia en el libro de los Salmos, como en el 18, 14-15 que lo describe como Dios del trueno: “Tronó Yavé desde los cielos, el Altísimo hizo sonar su voz“; lo mismo ocurre en el 29,3 que dice: “…Truena el Dios de la gloria…” y en el 81,8 afirma: “…y te respondí oculto entre los truenos…” y persigue a los enemigos de Israel en 83, 16: “…persíguelos así con tu tormenta, atérralos con tu huracán.”.

O cuando el profeta Jeremías (650-585 a.C.) en 23,19, al enfrentarse a los profetas de Samaría que profetizaban en nombre del dios cananeo Baal en Jerusalén, les dijo: “He aquí que se desencadena el torbellino de la ira de Yavé y una tormenta furiosa descarga sobre la cabeza de los impíos”.

También a Elías le manda Yahveh (1Re.18,1) que anuncia al rey Ajab que enviará la lluvia: “Pasado mucho tiempo, al tercer año dirigió Yahveh su palabra a Elías, diciendo: “Ve, preséntate a Ajab, que voy a hacer que caiga la lluvia sobre la haz de la tierra”“. 

 O Isaías, 19, 1-2, que lo describe montado sobre una nube cuando marcha sobre Egipto:”Vez cómo Yavé, montado sobre ligera nube, llega a Egipto...”. O cómo no citar el libro del paciente Job, 38, 1-2, en el pasaje donde mantiene un interrogatorio con Dios: “Y respondió Yavé a Job desde la tormenta...” e igual respuesta le dio en el capítulo 40, 6-9:”6-El Señor replicó a Job desde la tormenta… 9-¿Tienes tú brazos como los de Dios y puedes tronar con voz semejante a la suya?“.

Y el último que citaremos es al profeta Nahúm (hacia el 663 a.C.), que vivió bajo la opresión asiria y en su cortísimo libro, de solo tres capítulos y apenas dos páginas, referidos únicamente a su lucha contra los asirios y a denunciar “Los crímenes de Nínive”, en el capítulo 1,3 dice: “Yavé…camina en el huracán y la tormenta y las nubes son el polvo de sus pasos”. Esta aseveración de Nahúm no fue ningún exceso de espiritualidad o éxtasis transitorio, sino que son expresiones del conocimiento que tenían los profetas de los textos bíblicos, al menos de la llamada Torá – es decir el Pentateuco-, ya que en la nube se manifiesta la Gloria de Dios, como se cita en Ex. 16, 10: “Mientras hablaba Arón a toda la asamblea de los hijos de Israel, volviéronse éstos de cara al desierto y apareció la gloria de Yavé en la nube…”. Este pasaje se circunscribe al episodio del envío del “maná” con que dios palió el hambre del pueblo en el desierto del Sinaí.

Muchas más referencias al respecto podrían citarse, usando el texto bíblico, sobre las diversas manifestaciones de Yahveh desde la lluvia, la tormenta o la nube y no solo del Antiguo Testamento, sino del Nuevo, en el que, para finalizar los alegatos, encontramos el prodigio de la abertura de los cielos cuando Jesús fue bautizado, descrito magníficamente por el evangelista San Marcos, 1, 10-12: “En el instante en que salía del agua vio los cielos abiertos y el Espíritu, como paloma, que descendía sobre El, y una voz se hizo oír de los cielos: “Tú eres mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias”; o qué decir del momento en que Jesús sube con Pedro, Santiago y Juan, a lo alto del monte de la transfiguración, donde se les apareció Moisés y Elías, citado en Mateo, 17, 5: “Aún estaba él hablando, cuando los cubrió una nube resplandeciente, y salió de la nube una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle”.

En Canaán, la tierra que más tarde compartieron con los israelitas los cananeos (que eran los descendientes de Cam, según la Biblia, el segundo hijo de Nöé), el dios supremo era EL que lo representaban como un toro al que, tras un préstamo extranjero, se le denominó Ramman que significa “Mugidor o Bramador” y en Palestina y Fenicia fue adorado como dios-toro Baal, que era un dios ugarítico-cananeo de la Tempestad y además era dios de la fertilidad y la tormenta. Baal era representado como un joven guerrero, pero también como un “toro joven”.

Dios BAAL

A Baal, que tenía dominio sobre el cielo, la lluvia y la tormenta, se le describía en la poética cananea como “El Jinete de las Nubes”, “El Tonante” y “el Señor del Trueno”, ya que enviaba la lluvia en el momento oportuno rasgando las nubes. Tal como dice J.R. Conrad en “El cuerno y la espada”: “Sin su ayuda no hay esperanza de éxito en la producción de los cultivos en la tierra árida, porque cuando el dios se ausenta de la tierra los ríos y los campos se convierten en polvo; y solo cuando regresa vuelve todo a crecer. La expresión “tierra de Baal” significa en árabe “tierra regada por la lluvia”. Esa ausencia de Baal y la consecuente escasez de lluvias estaba producida, según los mitos baálicos, por los conflictos con el dios Mot (dios de la muerte y la aridez) y cuando éste triunfaba sobre Baal y era desterrado a las profundidades, las lluvias se retiraban de la tierra y no volvían hasta que Baal no despertaba a la vida, gracias al triunfo sobre Mot de su hermana Anat, con la que, antes de ser desterrado, se habían unido en forma de toro y novilla, de cuya unión Anat alumbró un becerro.

Ese poder fecundador de Baal-toro para que las mujeres y los animales fuesen fértiles se refleja en un poema cananeo bien significativo:

“… monta a una novilla en el prado,

y a una vaca joven en el … campo.

La cubre siete y setenta veces:

la monta ocho y ochenta veces,

y concibe y pare a un hijo macho”

En todas las ciudades y zonas agrícolas donde la presencia de Baal era relevante, los agricultores y ganaderos cananeos celebraban el retorno de las lluvias con grandes fiestas y elaborados rituales, a fin de agradecer y estimular a su dios para tener cosechas y ganados productivos durante todo el año. No es de extrañar que la vuelta a la vida de Baal y la consiguiente unión con su hermana-consorte se celebrasen con ritos licenciosos de fertilidad, cuya máxima expresión eran las orgías sexuales desenfrenadas.

Adorando al Toro

En Anatolia y norte de Siria, con suelos pobres y de casi imposible irrigación, era frecuente que la falta de lluvia llevase aparejada la pérdida de las cosechas y otras veces la violencia de las tormentas arrasaban el pobre y escaso suelo fértil, dando al traste con los esfuerzos y afanes de los pobres campesinos.

En esta zona de la península anatólica, el culto al toro se remonta al comienzo del cuarto milenio antes de nuestra era, según lo acreditan las abundantes cerámicas pintadas halladas en Tell Halaf, noreste de la Siria actual. Más tarde, con la llegada de los hititas, alrededor del 2000 a.C., el culto al toro como simbolismo del dios de la meteorología fue el elemento básico de su religión; buena prueba de ello es el hallazgo, en Alaça Höyük, de una escultura hitita primitiva en la que hay un toro sobre un pedestal que es adorado por un personaje con las manos alzadas, tal vez el rey o un sacerdote, mientras que otros presentan unos carneros al dios como ofrenda sacrificial.

En la mitología hitita, el dios de la Tempestad y del tiempo era  TESHUB (también escrito como Teshup ó Teshut), que era intitulado como “dios de la tormenta, señor del Armaruk” y fue muy venerado en la ciudad siria de Alepo y en el santuario rupestre hitita de Yacilikaya, cuya deidad fue introducida por el rey Hattusil I (hacia 1650 a.C.), al que representaban como un toro y se desplazaba en un carro tirado por sus toros sagrados “Sheri” y “Hurri”, que significan “día” y “noche”, que, según la leyenda, pacían en las ruinas de las ciudades.

Dios Teshub

Entre los muchos mitos del mundo Hitita, es significativo relatar el que se refiere a la desaparición del dios de la tormenta, Teshub, y las consecuencias desastrosas que su ausencia acarreó para los mortales, cundiendo la alarma entre los “mil dioses” del panteón hitita. El relato, del que solo se ha recuperado una parte, parece estar fechado hacia el año 1.440 a.C. y dice así:“El Gran dios solar preparó una fiesta e invitó a ella a los mil dioses…

El padre del dios de la tormenta dijo a los dioses: (se refiere a Kumarbi, padre de Teshub)

“Mi hijo no está aquí, se ha puesto furioso, se ha llevado consigo cuanto es bueno”

Los grandes dioses y los pequeños dioses y el águila se hicieron a la búsqueda del dios de la tormenta, pero no lo hallaron.

Como último recurso, el padre del dios de la tormenta fue en busca del abuelo y le dijo: “¿Quién es el que ha pecado, pues la simiente ha perecido y todo se ha secado?”

El abuelo dijo: “Nadie ha pecado que no seas tú… Ahora ve en busca del dios de la tormenta.”(el abuelo de Teshub era Anu)

El padre del dios de la tormenta se dirigió hacia la gran diosa madre y le dijo:

“El dios de la tormenta se ha enojado, todo está seco, la simiente ha perecido y ahora mi padre me ha dicho. “Es culpa tuya”…”

La gran diosa madre respondió: “Nada temas… Ve, tráeme a la abeja. Le daré instrucciones y lo buscará”.

El padre del dios de la tormenta dijo a la gran diosa madre: “Los grandes dioses y los `pequeños dioses lo han buscado sin hallarlo. Ahora será la abeja la que irá en su busca: sus alas son frágiles, ella misma es frágil…”.

El resto del texto se ha perdido, pero parece ser que, según puede desprenderse de algunos pasajes de otras versiones, la abeja encontró al dios de la tormenta dormido en un bosque y lo despertó clavándole el aguijón, consiguiendo no solo despertarlo, si no acrecentar la cólera del dios que, en su furor, “se pone el zapato derecho en su pie izquierdo”, aumentando así que los efectos más devastadores se desencadenen contra la tierra.

El dios Teshub montado sobre el toro

Ante esta nueva furia del dios de la tormenta, el resto de los dioses no tienen más remedio que recurrir a la magia para apaciguarlo y que vuelva a cuidarse del rey y de su país. El encargo recae en la diosa Kamrushepa, diosa de la sanación, de la medicina y de la magia, quien, con sus artes, consigue calmar a Teshub que regresa a su casa y restaura la vegetación y la fertilidad de la tierra.    

   Otro dios-toro de la tormenta, cuyo culto estuvo muy extendido por todo el Oriente Medio, al que se le comparaba con el cananeo Baal o el hitita Teshub, fue el dio Haddad, considerado comodios del trueno y la lluvia, tenía como símbolo el rayo y se le comparaba con un toro salvaje, ya que según el ánimo del dios o en función del comportamiento de los humanos, podía destruir o hacer crecer las plantas, y su culto tuvo una gran presencia en la mitología asiria y aramea.

El dios Addad

Casi todos los dioses de la tormenta en las religiones asirias, cananeas, hititas etc. tenían un nexo o parentesco común que se detecta en los entrelazados lazos de una religiones con otras, destacando en su mayoría una ascendencia sumeria, pues al igual que otros dioses que hemos citado, este dios asirio-arameo Haddad (ó Haddu) también fue hijo del dios acadio Anu, el An sumerio, y se le representaba de pié sobre su montura-toro. En  los rituales que le ofrecían a fin de que propiciase la lluvia benefactora se le inmolaban toros negros, pero cuando se quería que enviase un diluvio o una tormenta destructora sobre las tierras de sus enemigos, los fieles de Haddad le invocaban prorrumpiendo una serie de maldiciones contra el dios, de las que se excusaban ante la deidad diciéndole que ellos solo eran portadores de las que pronunciaban sus enemigos.

Dejando atrás las culturas milenarias nilóticas, semíticas e indoeuropeas y sus dioses-toro de la tormenta, que hemos relatado anteriormente, no podemos terminar este artículo sin echar una ojeada a las dos culturas clásicas del primer milenio antes de nuestra era, para conocer un poco la relación que tuvieron con respecto al toro, la lluvia, el rayo y la tormenta, tanto el dios del Olimpo, el Zeus griego, o el superviviente de ser devorado por su propio padre Saturno, el Júpiter Máximus romano.

El dios griego Zeus

La caída, en Grecia, de la cultura micénica y la invasión sucesiva por Jonios, Aqueos y Dorios a finales del primer milenio antes de nuestra era, estos pueblos tenían muy arraigado un culto al toro que, obviamente, enraizó entre los nativos de la Tesalia, la Ática y el Peloponeso.

Ya desde que se tienen las primeras noticias de la mitología griega, gracias a los, dos poemas homéricos la Ilíada y la Odisea, sabemos que el dios de mayor rango y el más poderoso del Panteón griego, regidor del monte Olimpo fué Zeus, que era el padre de todos los dioses y los hombres, Señor del cielo y del trueno y entre sus atributos se incluían el rayo, el águila, el toro y el roble.

La relación de Zeus con el toro era algo natural, no solo por su famosa transformación en toro para raptar a la princesa Europa, sino por la herencia indoeuropea o cretense-micénica, de donde le venía el título de Zeus Cronión “recolector de nubeso “amontonador de nubarrones”. Ese carácter como dios de la lluvia y el roble llevaba aparejados unos rituales que consistían en el “conjuro practicado por el sacerdote de Zeus, que sumergía una rama de roble en una fuente sagrada y luego asperjaba el agua hacia las nubes para estimularlas”, según relata J.G. Frazer en “La Rama dorada”.

Sacrificio a Zeus

Pero los ritos más impresionantes dedicados a Zeus eran los que se realizaban durante las fiestas de las Bouphonias ó Bufonías. Estas tenían lugar el día catorce del Skirophorion, que se corresponde con nuestro mes de junio-julio y consistían, de forma resumida, en poner sobre el altar, dedicado a Zeus, unas tortas de trigo y cebada, o simplemente los granos, como ofrendas al dios y a continuación llevaban varios toros que deambulaban alrededor del altar hasta que uno de ellos llegaba y comía las ofrendas allí depositadas. En ese momento el toro se convertía en la víctima sacrificial y era sacrificado por un sacerdote llamado “bouphonos” o “matador de toros” que le asestaba al animal un tremendo hachazo, depositando el hacha en el altar y abandonando el lugar. Muerto el toro era desollado y la carne la repartían entre los asistentes que la consumían cruda. La piel era estirada sobre un bastidor de cañas y tras orearse era rellenada de paja dándole la forma original y era uncida a un arado cual si fuese un animal vivo que araría la tierra una vez que Zeus la fecundara con la lluvia.

El legado del culto al toro que dejaron en Italia y Sicilia tanto los griegos como los etruscos, éste pueblo de probable origen semítico, supusieron la aceptación de dioses extranjeros como  Serapis o Mitra de clara vinculación táurica. Ese culto al toro se evidencia en el culto que le dedicaban a su dios toro Marte, señor de la guerra, y en los tocados de los soldados cuyos cascos portaban un par de cuernos e invocaban a su dios-toro guerrero a fin de que les concediese la victoria.

El dios Júpiter sobre las nubes

Relativo a la vinculación de su dios supremo Júpiter como dios de la lluvia, siempre fue venerado como dios de la lluvia, del rayo y el relámpago, lo que se evidencia ampliamente por los títulos que le dispensaba el pueblo romano, como Jupiter Fulgur (“el que empuña el rayo”) ó  Júpiter Fulgurator (“del relámpago”), Jupiter Pluvius (“el que envía la lluvia”) y Jupiter Summanus (“el que envía el trueno nocturno”), por todo ello era honrado por la ayuda y el beneficio que con sus lluvias proporcionaban a sembrados, ganados y viñedos.

Como soberano de los dioses estaba considerado como un dios justo y sabio, que poseía un fuerte temperamento y sus atributos eran el águila, el rayo, y el cetro. Uno de los defectos de Júpiter era su promiscuidad y para realizar sus conquistas amorosas, al igual que Zeus griego, se transformaba en animales como cisnes, toros o pájaros, pues él no podía ser visto en toda su gloria.

Al igual que ocurría con Zeus, los rituales en los que se sacrificaba al toro también le estaban dedicados a Júpiter, de parecido ritual como las mencionadas Bufonías, que en el caso romano era la festividad llamada Ambarvalia, que era un rito agrícola que consistía en llevar en procesión a un buey, una oveja y un cerdo alrededor de los campos, dando tres vueltas al mismo antes de sacrificarlos a la diosa Ceres o a Marte, que además de ser el dios de la guerra, estaba vinculado a los campos; su celebración comenzaba (Ante diem IV Kalendas Iunias), es decir el 28 de mayo, que era cuando el grano maduraba.

Aunque esos rituales, llamados también suovetaurilias, estaban dedicados a Ceres o Marte, también se dedicaban a Júpiter como se aprecia en este vaso adjunto en el que el emperador Tiberio, el que reinaba en tiempos de Jesucristo, sacrifica un toro a Júpiter en agradecimiento por uno de los triunfos conseguidos en sus campañas.

Sacrificio a Júpiter

Los datos sobre la dedicación de esos rituales a Júpiter nos los proporciona Marco Porcio Catón (234-149 a.C.), en la única obra suya que ha llegado hasta nosotros, “Sobre la agricultura” CXLI, y nos describe una de esas ceremonias de lustratio de los campos: “[1] “Has de purificar el campo así. Manda que las suovetaurilias (sacrificio de una cerda, una oveja y un toro) sean paseadas alrededor: « Como todas las cosas necesitan de los dioses, te ruego a ti, Manes (un dios doméstico lo mismo que Lares), que estas suovetaurilias cuides de hacer lustrar mi propiedad, mi campo y mi tierra, por todas partes donde encuentres, o bien hazlas girar, o bien deber ser dirigidas entorno ». [2] Invoca a Jano y a Júpiter con vino, así di « Padre Marte, te ruego y pido que quieras ser propicio a mí, a la casa y familia nuestra, por gracia de que he hecho dirigir la suovetaurilias alrededor de mi campo, tierra y hacienda, para que tú prohíbas, defiendas y alejes las enfermedades vistas y no vistas, la infertilidad y la devastación, calamidades y adversidades; y que dejes crecer y nacer bien frutos, trigo, viñas y árboles; [3] que guardes buenos y sanos pastores y ganado; y des salud y buena sanidad a mí, a casa y la familia nuestra. Por eso, pues, para purificar mi hacienda, tierra y campo, y por el sacrificio lustral que voy a hacer, como he dicho, seas magnificado por estas suovetaurilias de leche inmoladores: Padre Marte, por razón de esto mismo seas magnificado con estas suovetaurilias de leche. Así seas [4] además haz que hayan una torta y un pastel debajo del cuchillo, y de allí ofréndalos. Cuando inmoles el cerdo, el cordero y el ternero, así hay que decir: «Seas, magnificado con suovetaurilias inmoladores ».

     Posteriormente al sacrificio de los animales, la carne era consumida en un banquete comunal, que posteriormente, por cuestiones de higiene sanitaria, la carne la compraban los carniceros autorizados que después revendían los trozos de carne procedente de sacrificios públicos.

Hasta aquí, aunque algo extensos los dos artículos sobre los dioses-toro de la tormenta, que he intentado resumir en lo posible, ponen de manifiesto otra de las relaciones del toro con la divinidad, en este caso con los dioses de la tormenta, cuyos relatos revelan fehacientemente que los toros son cultura, debido a que muchas de las culturas de la antigüedad asentadas en el Oriente Próximo y zonas circundantes estuvieron empapadas de la cultura del toro.

                                             Plácido González Hermoso.     

BIBLIOGRAFIA

Historia de las Religiones, siglo XXI, vol.1, cap. VI: “Las religiones de la Anatolia antigua”.

Cristina Delgado Linacero, “El toro en el Mediterráneo”

Jack Randolph Conrad, “El Cuerno y la Espada”.

Manuel Serrano Espinosa, “Taurokatapsias y Juegos del Toro”

Mircea Eliade, “Mito y realidad

Cristina Delgado Linacero, “Juegos taurinos, en los albores de la historia”

James Geroge Frazer “La Rama Dorada, magia y religión

Tryggve N.D. Mettinger, “Buscando a Dios, significado de los nombres divinos en la Biblia

Fernad Comte, “Las grandes figuras mitolócicas

 

TOROS MITOLOGICOS – V       En el capítulo anterior, sobre “Dioses-toro de la tormenta”, conocimos las peculiaridades y potencialidades de éstas divinidades en las áreas geográficas de Sumeria, Babilonia, Irán, valle del Indo e India, donde estos dioses de la…

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Los ritos funerarios que relatamos en el capítulo anterior, no solo eran conocidos y practicados por los egipcios y otros pueblos de África, sino también en la India e Indonesia donde aún se practican.

Un comentario

  1. El símbolo del toro ha acompañado a la cultura mediterránea a lo largo de los siglos. La silueta recortada de un toro sobre una loma es una imagen presente en el imaginario colectivo español. Creación original del pintor Enrique Mélida plasmada en su cuadro “Se aguó la fiesta”, esta imagen ha sido ampliamente reproducida en todo tipo de objetos de decoración y publicidad, desde los abanicos pericones de las damas de hace un siglo hasta las camisetas de los actuales hinchas de fútbol..

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