“LA PEPA Y LOS TOROS”

Proclamación de la Constitución, de Salvador Viniegra

Con motivo de la conmemoración del doscientos aniversario de la publicación de la primera Constitución Española, conocida como “La Pepa”, debido a que fue el día 19 de marzo de 1.812, festividad de San José, cuando fue promulgada, repasaremos someramente los aconteceres taurinos durante los años de su corta vigencia.

El nacimiento de “la Pepa”, aquel jueves de marzo, cuarto creciente lunar, tuvo varios signos premonitorios que presagiaban el mal agüero con que nacía. Cuenta D. Antonio Alcalá Galiano, en sus memorias, que durante la celebración del Tedéum de acción de gracia, en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, se desató sobre Cádiz una tormenta repentina con un viento huracanado y mientras. “…estaban cantando el Tedéum, cuando el ímpetu del huracán tronchó delante de la iglesia un árbol robusto y alguno de los circunstantes (entre los cuales estaba yo) no por superstición, sino como burla, aludieron a que podría ser funesto agüero de la suerte de la ley nueva…”

No se equivocaron los que así presagiaron sobre la cortísima vida y andanzas de esta breve y fracasada Constitución, ya que apenas llegó a entrar en vigor, debido, por una parte, a que media España se encontraba invadida por las tropas francesas, y porque su breve vida fue truncada y abolida el 19 de marzo de 1814, tras la llegada a España de Fernando VII, disolviendo, igualmente, las Cortes de Cádiz, aunque volvió a entrar en vigor en el “Periodo Liberar”, 1.820-23, y durante unos meses antes de la promulgación de la de 1.837.

Portada de una publicación

    Aunque este artículo versará sobre el desarrollo de las corridas de toros, durante el sexenio en que los mamelucos franceses invadieron España, es menester intercalar algunas pinceladas históricas de los acontecimientos y luchas contra los invasores napoleónicos, así como comenzar con algunos datos sobre los avatares que llevaba sufriendo la fiesta, a lo largo de la escasa centuria de existencia, desde la llegada de Felipe V “el Animoso”.

Si bien, a este rey francés no le gustaban los toros jamás intentó prohibirlos, antes bien, concedía permisos para su celebración, como a la Maestranza de Sevilla y otras plazas, y tal como cita Enrique Asín Cormán en su obra “Los toros josefinos”: “…llegó incluso a conceder pensiones vitalicias de 200 ducados anuales a cada uno de los varilargueros Juan Martín “El Pelón” y a Juan Santander, y de 100 al espada Juan Rodríguez, padre del célebre Joaquín Rodríguez “Costillares”, por su participación en unas corridas organizadas en su honor en la plaza del Mar de Ontígola, de Aranjuez, en 1734”.

Los problemas afloran con  la llegada al trono de su hijo Fernando VI “el Prudente”(1746-1759), quien cediendo imprudentemente a algunas presiones prohíbe, en 1753, la celebración del “Toro de San Marcos”, de adscripción lúdico-religiosa. En 1754 prohíbe que en las corridas “se maten terneras” a fin de remediar el daño que ello supone y fomentar la cría de este animal, y en 1757 la prohibición afecta a “la celebración de festejos de toros y novillos a nombre de escuela o colegio universitario, o nación por calles (toros organizados por los estudiantes de diverso origen, vascos, navarros, andaluces, etc.), con pretexto de devoción pública o privada (4).

Si bien hay que decir, en su descargo, que fue bajo su reinado cuando se construyó e inauguró la plaza de toros de la Puerta de Alcalá (inaugurada el 30 de mayo de 1754), que era de obra y se financió a expensas de su peculio particular “…para que sirva su producto a la dotación y alivio de los pobres del Hospital General …” y sabemos por “Don Ventura” que en aquel día actuaron los espadas José Leguregui “el Pamplonés”, Juan Esteller y Antón Martínez y que lidiaron una media corrida de seis toros por la mañana y una entera de ocho por la tarde, practicándose la suerte del parcheo, la pica con garrochón y la lanzada a pié firme y aún hubo un toro “embolao” para los aficionados.(1)

Plaza de la Puerta de Alcalá

Esta emblemática plaza fue testigo de las “navarras” de Martincho o donde Juanito Apiñani dio por primera vez el “salto de la garrocha”. Donde actuó Costillares, el inventor del “volapié” e introductor de las primeras reglas del “arte de torear” y donde Pedro Romero y Pepe-Hillo (autor de una de las primeras tauromaquias), sostuvieron una de las más brillantes competencias de la historia del toreo; plaza en la que el torero sevillano alcanzó la muerte, aquel 11 de mayo de 1801, en las astas del 7º toro, llamado “Barbudo”, de D. José Rodríguez, de Peñaranda de Bracamonte. Estaba acartelado junto a José Romero (hermano de Pedro) y Antonio de los Santos. El trágico suceso fue presenciado por la propia reina María Luisa (esposa de Carlos IV), quien dejó testimonio detallado del trágico suceso en una carta que escribió a Godoy y por la duquesa de Osuna, quien tuvo en el torero sevillano su verdadero “capricho”.

Carlos III (1759-1788) “el Político” o “el mejor Alcalde de Madrid”, aliado firme de los “ilustrados”, fue el que dio la orden de cambiar la capa larga y el sombrero de ala ancha de los madrileños por la capa corta y el sombrero de tres picos, que dio origen al “Motín de Esquilache” (el verdadero motivo fue la liberación de los precios y la carestía de los productos básicos, pan y cereales principalmente), así como la expulsión de los Jesuitas de España, culpándolos de los desórdenes motineros. No hay que negarle que fue el gran reformador de su época, como la creación de las escuelas de Artes y Oficios, la reforma universitaria, la Lotería Nacional, la reforma agraria, etc.

Carlo III

     Su alineamiento con la “ilustración” y su nula afición a los toros, dejó la fiesta en manos del abolicionista Conde de Aranda, junto a los afrancesados “cien primos del rey” como se llamaban a sí mismo la nobleza, fueron los que llevaron al Consejo de Castilla, presidido por el conde de Campomanes, la propuesta de abolición, promulgándose, el 9 de Noviembre de 1785, una Real Pragmática en la que se prohibían “…las fiestas de toros de muerte en todos los pueblos del Reyno, á excepción de los en que hubiere concesión perpetua ó temporal con destino público de sus productos útil ó piadoso…”; licencias o concesiones que serían autorizadas por el propio Consejo.

Hay que señalar que la agudeza mental del pueblo o, si se quiere, la picaresca popular, ateniéndose a la literalidad de la pragmática, argumentó mil y una motivaciones para solicitar licencias para celebrar corridas de toros, con fines “piadosos o de utilidad pública” general, que superaron en número a los festejos que tradicionalmente se celebraban; sin olvidar la realización, sin que fuese necesaria su autorización, de infinidad de novilladas, término que el legislador se olvidó incluir en el texto legal y recurso por donde el pueblo encontró la fórmula para burlar la citada pragmática.

Señalar que durante los 29 años que duró el reinado de Carlos III, se dieron en Madrid unas 440 corridas y se mataron unos 4500 toros, los cuales ocasionaron algunas cogidas sin ningún resultado de muerte, según reseña el historiador Santos López Pelegrín “Abenamar”. De final del reinado de Carlos III fue la petición del ayuntamiento de Cartagena (Murcia) para celebrar varias corridas de toros, con el fin de honrar la visita del príncipe de Parma y “para que su producto se emplee en las obras de empedrado de la ciudad”.

Carlos IV

     Con la llegada de Carlos IV “el Cazador” -de inteligencia limitada y con una afición poco taurina como su pasión por los relojes, el violín o la ebanistería, además de la caza, de donde le viene el remoquete con que fue bautizado- pronto el todopoderoso Manuel Godoy maniobra, a través del conde de Campomanes, para que se prohíban las corridas de toros.

El referido conde eleva un voluminoso expediente al conde de Montarco, a la sazón Gobernador del Consejo de Castilla, argumentando éste, para dar luz verde a la prohibición, lindezas como éstas: “…el perjuicio que causan a la agricultura”, o de las peonadas que “…se pierden además los días destinados a éstos espectáculos”, y señalaba la impericia de los toreros en activo “…en otros tiempos hera tal la destreza de los toreros que por casualidad solamente se podía temer que se desgraciasen en su oficio… se experimenta en esta Corte que está de primera Espada un  cojo que en la primera corrida de este año salió gravemente herido…” Se refiere a Jerónimo José Cándido, que sufría de frecuentes ataques reumáticos por aquellas calendas.

Manuel Godoy

     Con tantas recomendaciones es evidente que “no estaba el horno para bollos, ni para tafetanes la Macarena”, que diría un castizo de la época, tras cuyo informe se produjo la publicación de la Real Cédula de Carlos IV, el 10 de febrero de 1805, que decía: “…Al ser espectáculo que al paso resultan poco favorables a la humanidad que caracteriza a los españoles, causan un conocido perjuicio a la agricultura, por el escollo que ponen al fomento de la ganadería vacuna y caballar, el atraso de la industria por el lastimoso desperdicio de tiempo que ocasionan en los días que deben ocupar los artesanos en sus labores…”. Esta prohibición estuvo vigente desde 1805 hasta que su hijo Fernando VII la derogó en 1808.

Como consecuencia de esta prohibición, el paro se apoderó de infinidad de toreros, picadores, medias espadas, chulos y banderilleros etc. que tuvieron que buscarse la vida en diferentes oficios. Así pasó con el torero gitano sevillano Juan Núñez “Sentimientos”, a quien le concedieron  una “Tabla” para vender carne en Madrid, cuya concesión versificó la burla popular:

                                              Una Tabla a Sentimientos

                                              concedieron en  la Corte;

                                              la gozó breve momento,

                                              pues vino un aire del Norte

                                              y le quitó del asiento.

Este pintoresco personaje, de quien dicen que era un  mentiroso pedigüeño, albergaba un fuerte sentimiento patriótico, como lo demuestra el brindis que realizó, en la corrida de Madrid el 24 de octubre de 1808, al solicitar permiso al presidente de la corrida le dijo: “Por Usía, por la gente de Madrid y porque no quede vivo ni un francés” (otros autores la atribuyen a Agustín Aroca, por cuyo motivo tuvo que huir de Madrid), a continuación despachó al toro de un infame bajonazo “metisaca” que hizo rodar al toro. Como el público prorrumpiera en broncas y silbidos, se volvió a los espectadores y les espetó, a voz en grito: “Así tienen que morir todos los gabachos”, esto provocó que estallara el fervor patriótico en los asistentes, que prorrumpieron en una atronadora ovación.

Dicen que era tan feo que su “atractivo” quedó inmortalizado en estos versos jocosos:

                                           “Sentimientos” y el demonio

                                            tuvieron una cuestión

                                            sobre quién era más feo,

                                            y “Sentimientos” ganó.

El resto de profesionales también tuvo su trova:

                                            El resto de picadores,

                                            chulos y banderilleros,

                                            unos se han ido a pastores,

                                            otros a los herraderos

                                            y los menos a Señores. (3)

Otro torero que participó en las corridas “josefinas” fue el precoz Francisco Herrera, alias “Curro Guillén”, que llegó a ser matador de toros a los 16 años, edad poco común para la época. Cuentan que era tal el conocimiento que tenía de los toros que en una ocasión se escapó un toro en las cercanías de Tablada y armado con su capote supo torearlo con tanto mando que acabó agotándolo por completo, hasta el punto que pudo cortarle la lengua en vivo, llevándosela como trofeo.

Alternando con Juan León encontró la muerte en Ronda, el 21 de mayo de 1820, que le produjo un toro de la ganadería de D. José Rafael Cabrera. Su gran fama quedó popularizada en esta copla:

                                             Bien puede decir que ha visto

                                            lo que en el mundo hay que ver

                                            el que ha visto matar toros

                                            al señor Curro Guillén.

Curro Guillén

Pero llega la invasión napoleónica a España, con el famoso levantamiento de Madrid el 2 de mayo de 1808, y, como era de esperar, la llegada de José I a Madrid, el 21 de julio de ese año, ya proclamado rey en Bayona, no pudo ser más tétrica. La comitiva acompañante que salió de la ciudad francesa con más de sesenta carrozas, llegó a Madrid con tan solo los ministros y alguno más, apenas veinte carrozas.

Llegada a Madrid de José I

La nobleza, por temor al desprecio del pueblo, lo esperaba dentro del Palacio de Oriente y tan solo el duque del Infantado se adelantó a recibirle al pié de la escalera interior. En la plaza de Oriente no había nadie, por lo que se suspendió la salida al balcón para recibir los vítores de aclamación y por tanto no se pudieron lanzar a la población las miles de monedas, con la efigie del “rey intruso”, que solía acostumbrarse lanzar en este tipo de ceremonias de entronización.

La causa fue, además del desprecio general, que los campaneros de Madrid que debían hacer repicar a fiesta las campanas, de todas las iglesias de la Villa, lo hicieron tocando a muerto.

Como no podía ser menos, esa desastrosa y desfavorable acogida del pueblo, en boca de la picaresca popular, quedó versificada en un pasquín epigramático que decía:

 

 

                                               En la plaza hay un cartel

                                                que nos dice en castellano

                                                que José, rey italiano

                                                viene de España al dosel.

                                                 Y al leer este cartel

                                                 dixo una maja a su majo:

                                                 Manolo pon ahí abajo

                                                  que me cago en esa ley;

                                                  porque aquí queremos un rey

                                                  que sepa decir: ¡Carajo!.(1)

No sabría pronunciar lo que pedía la “maja” en la copla, pero es bien cierto que usó con fruición sus dotes de seductor, como lo atestigua su relación con la condesa de Jaruco, María Teresa Montalvo;  o con María Mercedes, esposa del capitán general de su guardia, a quien siempre mantenía en misiones alejado de la corte para holgar con su esposa, así como con la  alavesa María del Pilar Acedo, condesa consorte de Montehermoso, cuyos romances el vulgo versificó:

                                         La condesa de Montehermoso

                                         tiene un tintero

                                         donde moja su pluma

                                        José Primero.

José I, el rey “Intruso”, para intentar agradar a los españoles, decide reanudar las corridas de toros, prohibidas desde 1805 por Carlos IV, y la primera que se celebra ordena que sea totalmente gratuita y la mitad de la segunda, para lograr mezclar a los españoles con los franceses. El propio José Bonaparte decide asistir a la corrida de incógnito y con tiempo de sobra para observar cómo era realmente el pueblo madrileño.

José Bonaparte

Del amor que profesaban los españoles a las tropas francesas, daría buena cuenta las lamentaciones del general francés Thiébault, en sus “Memorias”: “¡Qué contraste entre aquella disposición (de los primeros días) y el odio, el encarnizamiento, la rabia que más tarde sentirían contra nosotros esos mismos habitantes!”. Ese odio estuvo no solo justificado, sino alimentado por la rapiña de las tropas francesas, como ocurrió en el saqueo de Córdoba, del que el sargento gabacho Gille comentó: “Los furgones de los generales revientan por el peso de los vasos sagrados… oficiales y soldados van cubiertos de oro…”.

La resistencia contra los “gabachos” por toda España fue general y las escaramuzas y las sangrientas batallas se sucedían por doquier, en las que no faltaron los participantes del mundo del toro, como ocurrió con el famoso escuadrón de “Los Lanceros de Jerez” que tan heroico papel desempeñó en la batalla de Bailén, al mando del general Castaños, compuesto por gran número de aguerridos varilargueros, se cree que fueron más de cien, que tomaron prisioneros a 17.000 de los 21.000 soldados que componían las fuerzas francesas. Entre los integrantes, parece ser, se encontraban los “Voluntarios de Utrera”, en cuyas filas se integró el picador utrerano Juan Pinto. Don Benito Pérez Galdós reflejó en sus “Episodios Nacionales” la variopinta tropa que lo integraba: “…el ejército español –pero ¿es un ejército?- está compuesto de campesinos, picadores, toreros, presidiarios, contrabandistas, incluso de soldados…”.

Rendición de Bailén, de José Casado

El 25 de julio de 1808, día de la coronación de “Pepe Botella”,  se entera que el “amor” que le profesaba el pueblo de Madrid ha dado muerte a su caballo “Fabiano”, el único “amigo español” que tenía, envenenándolo, lo que le produce una gran congoja.

Durante los días 27 y 30 se celebran corridas de toros, pagando, “Pepe Botella”,  el cincuenta por ciento de las entradas, en cuyas corridas tomaron parte Juan Núñez “Sentimientos” y Alfonso Alarcón, los cuales tenían apalabrado cobrar, cada día, 1800 reales de vellón, además del vestido de torear, pero al parecer la corrida del día 30 fue suspendida y los emolumentos en el mes de noviembre aún no se los habían pagado. El motivo fue que, tras la derrota de los franceses en Bailén (19-julio-1808), José I abandonó precipitadamente Madrid, el 30 de julio, para establecer su corte en Vitoria. Debido a ello los madrileños lo llamaron “Pepino el Breve” y las burlas y chistes gráficos proliferaron.

“Pepino el Breve”

      Para conmemorar la liberación de Madrid (creían) y la proclamación del “bienamado” Fernando VII, se dan dos fiestas de toros, el día 26 de agosto “…con entrada franca para nuestras tropas y mitad de precio para el vecindario y el 29 otra corrida (con idéntico precio) para que el vecindario y tropas puedan disfrutar de esta diversión…”, como rezaba el anuncio de las mismas publicado en el “Diario de Madrid”. Los 14 toros fueron  de seis ganaderías distintas y los toreros actuantes fueron Juan Núñez “Sentimientos” y Alfonso Alarcón. Actuó como media espada Cristóbal Díaz “el Manchego”, que fue banderillero de Pepe-Hillo y que ejecutaba la variopinta suerte de “montar en un toro y tocar la guitarra al tiempo que cantaba mientras ponía banderillas de fuego, además de picar otro toro, y tras de matar al que había servido de caballo, matar al otro a pie con el estoque”.

La alegría en Madrid seguía desbordando las calles y la Junta de Hospitales consiguió autorización para celebrar seis corridas de toros el 19 y 26 de septiembre y los días 2, 10, 17 y 24 de octubre. En las dos primeras actuaron Juan Núñez “Sentimientos” y Agustín Aroca, que al parecer fueron las dos últimas corridas que toreó, ya que a los pocos días Aroca fue hecho prisionero y fusilado por los franceses en tierras de Toledo. En las cuatro siguientes actuaron Jerónimo José Cándido y Francisco Herrera “Curro Guillén” y en la última estos dos espadas junto a “Sentimientos”. Hay que señalar que en las seis corridas los toros se llevaron por delante a 59 caballos. Tras estos festejos la plaza de la puerta de Alcalá echó el cerrojo hasta el verano de 1810.

Plaza de la Cibeles

     Todos estos festejos se celebraron siendo los madrileños ajenos a la ofensiva que preparaba Napoleón, que pretendía entrar en España con cien mil hombres más de los que ya tenía su hermano José, con los que quería doblegar a “…esa chusma mandada por un atajo de curas”, expresión del emperador. Esa entrada se materializó de inmediato y el 7 de noviembre de 1808 estaba en Vitoria junto a su hermano José, y es a primeras horas de la tarde del 2 de diciembre cuando llega Napoleón a Madrid, alojándose en la quinta que el duque del Infantado poseía en Chamartín.

Pero el Emperador permanece pocos día en Madrid, pues las tropas inglesas aliadas de España se están retirando hacia La Coruña y Napoleón no quiere que se embarquen sin sufrir una derrota ejemplar. Tras esto y por diversos problemas en otros escenarios europeos, sale definitivamente de España el 27 de Enero de 1809.

Madrid, desde que aparece Napoleón, está lleno de barricadas y defensas improvisadas. Se vigila todo y se desconfía de todos los posibles traidores colaboracionistas; así ocurrió con el conde de Perales, a quien acusaron de traición y sabotaje por haber puesto arena en los cartuchos, que fue linchado y descuartizado por la población, enviando sus despojos, como trofeos y “aviso a navegantes”, a los distintos barrios de la ciudad. Se generaliza la guerra de guerrilla contra el francés y aparecen guerrilleros de renombre como Espoz y Mina, Juan Martín Díez “el Empecinado” o “El Molinero” etc.

La carga de los mamelucos, de Goya

     El mismo día que Napoleón salía de España, 27 de Enero de 1809, José I entraba en Madrid y vuelve por sus fueros de intentar agradar a los madrileños. Vuelven de nuevo las corridas de toros.

Tal es el interés que “El Intruso” quiere mostrar por los toros que acepta visitar una ganadería, para conocer al toro en el campo. La gestión corre a cargo de Leandro Fernández de Moratín, el autor de “El sí de las niñas” (e hijo de D. Nicolás, el de la Carta Histórica), y la excursión se realiza a la ganadería colmenareña de don Pedro Laso, donde visitó la finca, las vacas de vientre, los toros de saca, etc., pasando posteriormente a presenciar un tentadero a campo abierto.

Los invitados que presenciaban el tentadero lo hicieron subidos a unas galeras que el “franchute” rechazó, prefiriendo seguir a lomos de su caballo en primera línea, armado con una garrocha cual si fuera un experto participante, aunque permanecía un poco alejado del campo de desarrollo de la tienta. Mas, de pronto, salió de entre unos carrizos, sin que nadie se explicara, un hermoso toro “colorao”, puro casta jijona, que se arrancó como una exhalación contra el caballo de “Pepe Botella” y al intentar agarrocharlo, como había visto hacer, salieron por los aires caballo y caballero. A los gritos del “francés” acudieron los participantes en el tentadero para salvarle la vida y milagrosamente un garrochista, de certera vara, descordó al toro. El rey, tras levantarse y sacudirse el polvo que había mordido, saca de su bolsillo una onza de oro y se la ofrece a su salvador diciéndole: “Has salvado la vida de tu rey y quiero que veas que éste no es desagradecido”. El viejo mayoral, instintivamente, retiró la mano sin aceptar la dádiva, se caló el sombrero, subió de un salto al caballo y se alejó murmurando: “¡Yo que no pude evitar la muerte de mi maestro, he librado a éste la pelleja! ¡Por mal patriota deberían ahorcarme! ¡Dita sea…!”. Aquel viejo mayoral no era otro que el picador Juan López, el que le puso un puyazo “a caballo levantao”, el 11 de mayo de 1801, al toro “Barbudo” cuando ya tenía en sus astas a su jefe de cuadrilla Pepe-Hillo, cuya hazaña fue inmortalizada por Goya en la litografía nº 39, de la serie “La Tauromaquia”.

Muerte de Pepe Hillo, de Goya

A pesar de la férrea dominación francesa, los españoles no perdían comba y a la primera ocasión que tenían le infringían a los franceses todo tipo de “pu…ñeterías”, cuando no tenían más remedio que soportarlos.

Así ocurrió en una corrida de toros que se dio en Ejea de los Caballeros, capital de la comarca de las Cinco Villas, para “obsequiar” a las tropas enviadas por un general francés para sofocar las revueltas de los habitantes zaragozanos. La nota manuscrita, sin fecha, del archivo del escritor Ortiz Cañavate relata que los regidores de la Villa organizaron una corrida de toros para recibirlos y una vez que los componentes del escuadrón francés: “….entraron pacíficamente, cerraron las puertas del pueblo; abrieron las de las toradas y salieron de sus chiqueros 32 valientes toros, bien agarrochados; y he aquí un espectáculo el más gracioso y digno de verse. Los franceses y los toros por las calles, las casas cerradas, los vecinos en las ventanas;…los animalitos corneando a las otras bestias más fieras que ellos, en figura de franceses, con propiedades gatunas; pues arañando las paredes procuraban asirse de las rejas de las ventana para librarse de los toros…”.

Cuando “Pepe Botella” realiza su viaje a Andalucía, establece su base de operaciones en el Puerto de Santa María,  el 18 de febrero de 1810, donde se hace cargo y dirige el asedio a Cádiz, comenzado el día 9 de febrero, donde cayeron más de 16.000 bombas que lanzaron los gabachos fanfarrones, con las que “se hicieron las gaditanas tirabuzones”. A petición del rey se celebra una corrida de toros en esa vinícola, bella y olorosa ciudad portuaria, que es presidida por el propio rey. Se lidiaron ocho toros que fueron estoqueados por Jerónimo José Cándido que cobró tan solo 500 reales, 100 cada picador y 400 los banderilleros que pagó el empresario Vicente García. En dicha corrida los toros mataron tres caballos e hirieron a cuatro. Hubo un toro cuya carne se dio a los pobres y la de los otros siete fueron para las tropas francesas. También se dieron algunas novilladas en Jerez y Chiclana de la Frontera, incluso en Salamanca se celebró otra corrida en la Plaza Mayor.

En Sevilla se habían programado ocho corridas de toros para cuando el rey visitara la ciudad, que no pudieron celebrarse por haberse vuelto a Madrid, desde El Puerto de Santa María, sin aparecer por la tierra de “María Santísima”. No obstante las corridas se dieron en el mes de agosto y otras más en septiembre y octubre para regocijo de los sevillanos cuando las organizaba la Maestranza, pues cuando las corridas o novilladas eran programadas por los franceses, para granjearse la simpatía de los sevillanos, aún cuando la entrada era gratis, los tendidos de la Maestranza estaban desiertos, que eran ocupados, a última hora, por las tropas francesas, mediante una orden inexcusable y de obligado cumplimiento para las tropas.

Se cuenta que el 19 de febrero de 1.810, para agasajar a las tropas invasoras, se celebró en Ronda una corrida de 14 toros, y según cuenta el capitán Du Pouget en sus memorias: “…el famoso Pedro Romero, el primer matador de España que tiene hoy, aproximadamente, más de 60 años estoqueó todavía dos toros…”. La verdad es que la edad de Pedro Romero en esa fecha era de 56 años. En ella tomó parte su hermano José Romero.

Vuelve a Madrid José I, al que los madrileños, hartos hasta el plumero, habían rebautizado con el  apelativo de “el Rey de Copas”, llegando el 15 de mayo de 1810. De prisa y corriendo, a fin de agasajar al francés, se acomete la reparación de la plaza de la Puerta de Alcalá, que había quedado bastante deteriorada, desde su cierre el 24 de octubre de 1808, por haberla convertido en almacén, cuadras, prisión etc. las tropas francesas. Solo la reparación del maderaje de la plaza costó 190.000 reales y se concluyó en quince días. El aforo, tras esta reconstrucción, era de 10.000 localidades, sin contar las de obsequio, honor y respeto (en total unas 14.000),  y los precios oscilaban desde los 4 reales de un tendido de sol a los 24 de una barandilla, o barrera, de sombra. La recaudación prevista solía ascender a unos 99.000 reales de vellón. Reseñar que, en estas primeras corridas, fue la primera vez que el billetaje se grabó con una contraseña o sello especial, para evitar las falsificaciones.

Plaza de la Puerta de Alcalá

La primera corrida se celebró el domingo 24 de junio, festividad de San Juan Bautista, a las cuatro de la tarde, produciéndose una serie de incidentes y altercados, ya que los franceses entraban sin pagar y muchos madrileños con billetes se quedaron en la calle. Los gritos de repulsa se oían por todas partes, tales como “Muera el francés”, “Abajo el intruso” o “Viva el gggey”, dicho con acento marsellés.

Se lidiaron diez toros que fueron estoqueados por Jerónimo José Cándido, Juan Núñez “Sentimiento” y “Curro Guillén”, tres cada uno y el último por el media espada Lorenzo Badén. Como nota curiosa, y aún cuando era costumbre, el paseíllo se hizo por este orden, primero los soldados que practicaron el despejo, luego los alguaciles de golilla, los toreros, picadores, dos perreros con sus seis alanos cada uno, el chulo con la “media luna” y otros con las banderillas de fuego. Tras los areneros y las mulillas, salió el “Verdugo de la Villa”, montado en un burro, que era el encargado de leer las advertencias y sanciones para aquellos que “….arrojasen piedras, palos o animales muertos a los lidiadores, provocaran reyertas, etc…”.

El “Rey de Copas” asistió al festejo y regaló el importe de la carne de los seis primeros toros a los espadas, que ascendió a 5.000 reales. Hubo 14 caballos muertos y se recaudaron 83.600 reales de vellón, y  “Sentimientos” sufrió un puntazo en el dedo pulgar de la mano derecha, que le impidió participar en la siguiente corrida. Señalar aquí la desfachatez del “Rey de copas” que, el importe de la generosidad de regalar la carne de los toros a los matadores, jamás la pagaba y corría a cargo del Ayuntamiento de Madrid, que era el que gestionaba la plaza.

Se siguen dando corridas, a partir del 24 de junio, todos los domingos hasta finales de julio y continuando la temporada el nueve de septiembre, que finaliza el 23 de diciembre, con la celebración de ocho corridas. Los matadores fueron Cándido, Sentimiento, Curro Guillé, Lorenzo Badén y Alfonso Alarcón “el Pocho”.

Reseñar que se ordena que en las iglesias de San Luis y Santo Tomás, cercanas a la plaza, se celebren misas a las dos de la tarde todos los domingos que haya corridas de toros, a fin de que las personas que acudan a los toros no se queden si oír misa. También se impone una tasa, desde el 30 de junio, a la carne de los toros muertos en la plaza, con 12 maravedíes la libra. Ésta se vendía en la misma plaza y otros sitios señalados, a razón de ocho cuartos la libra.

El rey Felón, Fernando VII

     Mientras España seguía ocupada por los ejércitos franceses, el rey felón Fernando VII, secuestrado en Valençais (Francia) en la villa del general Tayllerand, escribe una carta a Berthier, primo de Napoleón, en la que entre otras felonías le dice: “…Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S.M. el Emperador. Yo me creo merecedor de esta adopción, por mi amor y afecto a la sagrada persona de S.M. el Emperador…”. De estos miserables sentimientos era ajeno el pueblo español, pues de haberlo sabido, es muy probable que jamás hubiese vuelto semejante títere y mucho menos le hubieran motejado como “El Deseado”.

Llega el apocalíptico 1811 que pasó a la historia como el “Año del hambre”, de cuya situación calamitosa describió Mesonero Romanos: “…Hombres, mujeres, niños de toda condición abandonan sus míseras viviendas, arrastrándose moribundos por las calles para implorar la caridad pública…”. Se calculó que unas veinticinco mil personas perecieron en Madrid, víctimas del hambre.

A pesar de ello se repite el colmo de la paradoja y los que quedan solo piensan en los toros. Así y todo, el arrendatario de la plaza de la Puerta de Alcalá, concesión otorgada por primera vez en diciembre anterior hasta Pascuas de Resurrección, comienza su temporada el 13 de enero con  la celebración de seis novilladas, hasta el 31 de marzo, dándose la circunstancia de que sacaban ocho novillos embolados en cada festejo para los aficionados y finalizaban con fuegos artificiales.

En abril de ese año se adjudica de nuevo la plaza por un periodo de dos años, en este caso a un taurino, a D. Manuel Gaviria, marqués de Gaviria y conde de Buena Esperanza, (nombrado posteriormente director de la Real Vacada por Fernando VII), con  el compromiso de dar anualmente 12 corridas de toros y 12 novilladas.

A este marqué de Gaviria hay que agradecerle que en las plazas de toros haya enfermerías, pues desde finales de 1810, venía solicitando que hubiese en la plaza de Madrid “…un cirujano y cuatro practicantes y el aparato (instrumental y medicinas necesarias), para que asistan a las fiestas de toros que deben celebrarse en el presente año, dando principio el domingo 12 de mayo, por si ocurriese alguna desgracia…”, según consta en el expediente burocrático. Tras varios “tira y afloja” con los cirujanos y practicantes de los Hospitales Generales, que no veían bien la petición por razones económicas, accedieron a ello mediante guardias rotatorias, desde la fecha citada.

Comienza su debut como empresario el 12 de Mayo con una corrida de 15 toros,  mañana y tarde, dándose un total de ocho corridas de las diez programadas, del 12 de mayo al 28 de julio (12-15 de mayo, 2-24-30 de junio, 16-21-28 de julio), en las que cabe reseñar la actuación en todas ellas de Jerónimo José Cándido y “Curro Guillén” y como media espada “el Pocho”, que solo estoqueaba el último toro embolado y toreado por los aficionados. Señalar el dato curioso que en la 5ª corrida “Curro Guillén” picó los cuatro primeros toros, por lo que a Cándido le tocó estoquear ocho toros. En la 7ª corrida salió el 8º toro ensillado y montado por “el Manchego”, que picó, desde ese toro al 9º y estoqueó a los dos. En la 8ª corrida actuaría como rejoneadora la señorita Teresa Alonso, natural de Oviedo, que quebró unos rejoncillos al 5º toro embolado.

El motivo del emplazamiento, de las dos corridas, fue el de celebrar una corrida especial “por los días del Emperador de los franceses “, el día 15 de agosto, festividad de San Napoleón y día en el que había nacido el emperador, en Ajaccio, Córcega. El “rey de copas”, ordena que la corrida sea gratis y además acuerda se dé al señor Gaviria, en resarcimiento, 70.000 reales, mas 1.500 por la carne de los toros que el rey regalará a los matadores Jerónimo José Cándido y “Curro Guillén”.

El detalle especial de esta corrida de 11 toros, son los que figuraban en los carteles sobre las capas de los toros: “…advirtiéndose que los referidos toros tienen la particularidad de ser unos píos, curracos (burracos) o berrendos y otros totalmente blancos; y atigrados los caballos en que se piquen los ocho primeros”. Otra particularidad es que la plaza fue iluminada con una gran araña con muchos globos de luz y se dividió en: “…tres respectivas divisiones para que sean banderilleados, los tres toros blancos, por los aficionados”.

En septiembre se celebran tres corridas de toros, todas a plaza partida en dos, en las que solo intervienen los mencionados Cándido y Guillén y cinco medias corridas de novillos, desde el 13 de octubre al 10 de diciembre, a beneficio de los Hospitales Generales, cuyos beneficios fueron ínfimos ya que cada vez asistían menos aficionados, afectados por la carestía de la vida y la miseria galopante que lo invadía todo.

Y llega el tan señalado 1812 con la sorpresa de que Napoleón se anexiona Cataluña como una provincia francesa más. A este revés se contrapone la alegría que nos proporcionaron los ingleses, aliados de España, llegando el 7 de enero a las puertas de Ciudad Rodrigo con 40.000 hombres, al mando del general Wellesley, duque de Wellington, y tras un asedio y posterior incendio, vencen a los 1800 franceses; el 7 de abril es liberada Badajoz y el 22 de julio entran en Salamanca. La batalla  y victoria de Salamanca, en el caserío de Arapiles, despeja el camino hacia Madrid, adonde se dirigen.

José I, al igual que ocurriera cuando lo de Bailén, al enterarse de la derrota de Salamanca y la inminente llegada de los ingleses, huye de Madrid el 10 de agosto y dos días después entra triunfalmente Wellington, que es recibido con vítores y volteo de campanas como un verdadero héroe, a pesar del penoso y lamentable espectáculo que ofrecía la capital del reino, llena de indigentes y desvalidos que superaban la cifra de 18.000 mendigos.

Este sí fue un gran motivo para programar, el Ayuntamiento, dos corridas de toros para agasajar a los “guiris” ingleses. La primera de ellas se celebra el 31 de agosto: “En obsequio del ejército aliado y de su invicto general el Excmo. Sr. Duque de Ciudad Rodrigo”. En dicha corrida de seis toros, cuya entrada fue gratuita, fueron estoqueados, los cuatro primeros, por Jerónimo José Cándido y los dos restantes por Alfonso Alarcón “el Pocho”, a la que asistió el general Wellington acompañado de sus ayudantes y  “el Empecinado”, que se había unido a las tropas inglesas.

Otras dos corridas se darían en honor de los ingleses que habían quedado en Madrid, pues el general Wellington abandonó la Villa a los pocos días dejándola medio desguarnecida, actuando en las dos corridas Manuel Alonso “el Castellano”, “nuevo en esta plaza” como rezaba el anuncio, que estoqueó los seis primeros toros y los dos restantes Alfonso Alarcón “el Pocho”.

La escasez de defensa de Madrid fue la ocasión que aprovechó “Pepe Botella” para volver y hacer su entrada el 2 de noviembre de 1812, sin que fuese recibido con guirnaldas, ni colgaduras, ni iluminaciones como en otras ocasiones. El nuevo alcalde, Sáinz de Baranda, evitó toda ceremonia y boato a fin de no provocar represalias ni venganzas.

La gestión de la plaza se adjudica, el 8 de febrero de 1813, a D. Pedro Díaz y D. Gabriel Caballero, vecinos de Madrid, que se comprometen a organizar cuatro novilladas a beneficio de los Hospitales. La primera se daría el 21 de febrero y las tres restantes los días 7 y 14 de marzo y el 4 de abril.

Las novilladas del 21 de febrero y las del 7 y 14 de marzo son los últimos festejos taurinos que presencia José I, donde recibe los últimos aplausos de los pelotilleros “josefinos” junto con los insultos y deseos de “muera el francés” de la población. Después los acontecimientos se precipitan y el 17 de marzo sale José I definitivamente de la Corte, vía Valladolid, hacia Vitoria. Al verse Madrid libre del francés, los madrileños le cantaron

                            Ya se fue por Las Ventas

                             el rey Pepino

                             con un par de… botellas

                             para el camino.

Madrid queda bajo el mando del general francés Leopold-Sigisvert Hugo, padre del escritor Víctor Hugo, que asiste a las novilladas que se dan con toda su familia. Si bien a Víctor Hugo, que contaba a la sazón 11 años, parece que no le gustó nada el espectáculo que vio y dijo que: “Aúllan los españoles en los toros”. Frase que rezuma la animadversión y repugnancia que sintió por nuestra fiesta. Repugnancia que no sintió al ver a su progenitor expoliando y saqueando iglesias y palacios y acompañarlo, al abandonar Madrid el 25 de mayo de 1813, con una caravana de más de trescientos carromatos abarrotados de tesoros, que consiguen entrar en Francia sin ningún incidente. No olvidemos que los escrúpulos de este novelista estaban “bien forjados”, ya que en su posicionamiento moral justificaba el enriquecimiento, al tiempo que denunciaba con vehemencia el sistema de desigualdad social. Muy socialista él.

Victor Hugo

     La caravana de “El rey de copas” está compuesta por una hilera interminable de carromatos cargados con el producto de las rapiñas. Pero el ejército inglés, del general Wellington, le va pisando los talones y el 21 de junio, en los alrededores de Vitoria tiene lugar la batalla final. El ejército “gabacho” es derrotado y huye en desbandada. Hasta “Pepe Botella”, en el caballo de un soldado, huye a todo galope salvando milagrosamente la vida. Dicen que más de dos mil furgones y carruajes, conteniendo las riquezas de la rapiña, fueron abandonados por los franceses.

Tras esta liberación, el Ayuntamiento de Madrid decide se den dos corridas, en “…obsequio de las armas aliadas contra el enemigo común, se den dos corridas de novillos embolados, empleando, el producto, por partes iguales, entre los pobres del Hospital General y la dignísima División del benemérito brigadier D. Juan Martín “el Empecinado…”.  Se celebra la primera corrida el 27 de junio, en la que ni los ganaderos ni toreros cobraron estipendio alguno. Los toros son de ganaderías de Castilla la Mancha y los toreros son Alfonso Alarcón “el Pocho” y su cuadrilla compuesta por “el Manchego” y cuatro más.

La segunda, con idénticos fines y sin cobrar retribución alguna, se celebra el 11 de julio, con dos toros de Bañuelos, de D. Vicente Perdiguero y los seis restantes “de las vacadas del mismo Colmenar Viejo”, actuando el consabido “el Pocho” que toreaba habitualmente en Madrid desde 1786. El 25 de julio se celebró otra, con toros de Colmenar Viejo, regalados por los aficionados para un fin de título rimbombante: “en beneficio de la humanidad doliente”. Ahí es nada!

Aún hubo dos festejos más, el 10 de agosto y el 26 de septiembre, con idénticos fines y además para “el vestuario del escuadrón de Usares Francos de Madrid”, que a pesar de la caritativa causa, para que pudieran vestirse los soldados de usares, tan solo se alcanzó un beneficio total de 740 reales. En fin “ni para los cordones de las botas de los soldados”. En este mes, el 31 de agosto de 1813, finaliza la ocupación francesa tras la “batalla de San Marcial”, cerca de Irún.

Anotar que, durante la ocupación francesa, fueron pocos los toreros que se prestaron a torear para los franceses, alegando indisposiciones, enfermedades etc. de ahí la nómina tan escasa que hemos relatado. Desgraciadamente, la cabaña brava quedó bastante diezmada, debido a que fue una fuente de abastecimiento fácil para las tropas invasoras y las matanzas indiscriminadas que practicaron los franceses cuando abandonaron Andalucía, Extremadura o Salamanca, especialmente.

Cádiz, cuna de “La Pepa”, estuvo asediada durante dos años y medio (5 febrero 1810- 24 agosto 1812), tiempo que aprovecharon los aficionados sitiados para edificar una plaza de toros en la Caleta de Santa María, inaugurada por el militar y poeta Francisco de la Iglesia y Darrac. En esta plaza se despidió de los ruedos el torero Juan Conde, con 63 años, que fue el primer torero que salió a hombros de una plaza de toros. En otra corrida asistió el felón Fernando VII, el 22 de mayo de 1814, en la que torearon Francisco Herrera Guillén “Curro Guillén” y Antonio Ruiz “El Sombrerero”, con Juan García como media espada. Plaza que se derrumbó, ese mismo año, mientras toreaban “Curro Guillén”, El Platero y Juan León, mientras se picaba al 3º toro. Se hundió un tendido que provocó algunos heridos. Heridos que se multiplicaron por el pánico que cundió al oír los espectadores los disparos con que remataron a los toros que quedaban en los chiqueros.

Vista aérea de Cádiz

     Cádiz tuvo, antes y después, varias plazas de toros, hasta que el 18 de julio de 1967 cerró sus puertas la última plaza de toros, la “Asdrúbal”.

En este relato de historia y toros queda mucho por contar. De “La Pepa” ya se ha escrito bastante en lo que llevamos de año y celebraciones, por tanto lo aquí relatado es solo una parte de lo extenso de los acontecimientos vividos por los gloriosos patriotas españoles.

Solo me queda añadir, para terminar esta epístola, la poesía que D. José María Pemán, dedicó a Joselito “El Gallo”, que toreó en Cádiz en la plaza de madera conocida como “La Hoyanca”.

“Párate aquí, forastera:

 y si tienes una gota
-¡una!- de sangre torera,
coge tu lápiz y anota
que una plaza de madera
hubo en este sitio…?Y que
en esa placita fue,
forastera, donde un día 
-gloria de la torería,
que recuerdo todavía
y que nunca olvidaré-
se lució tanto José,

novillero todavía…”

                                                                             Plácido González Hermoso

 

BIBLIOGRAFIA

Enrique Asín Cormán, “Los toros josefinos

Vallejo Nájera, “Yo, el intruso

Luis Carmena y Millán, de su archivo de manuscritos.

Julio Caro Baroja, “El estío festivo”, pag. 273.- .(“Novísima recopilación de las leyes de España, II, en Los códigos españoles concordados y anotados, VIII, Madrid 1850, pp.637-638, nota 5)

Diego Ruiz Morales, “Documentos histórico taurinos”, del Archivo Histórico Nacional.

Koldo Larrea, “Pamplona y toros, siglo XIX”.

Con motivo de la conmemoración del doscientos aniversario de la publicación de la primera Constitución Española, conocida como “La Pepa”, debido a que fue el día 19 de marzo de 1.812, festividad de San José, cuando fue promulgada, repasaremos someramente los…

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