DIONISO, AMPELO y el origen del vino

 

Dioniso nace del muslo de Zeus

Antes de relatar la leyenda sobre el dolor desgarrado del dios Dioniso Bromios (“el que brama”) por la muerte de su idolatrado Ampelo, permitidme esta somera introducción, a fin de situar al lector en el tiempo y en algunas costumbres de la antigua Grecia, para mejor entender el porqué de aquellos devaneos erótico-pederásticos entre un adulto y un “efebo”.

Los Efebos, por lo general, eran jóvenes atenienses, entre 18 y 20 años, que se instruían en las artes de la guerra. Es decir, era una especie de servicio militar, aunque también se aplicaba este término a los discípulos que vivían con sus maestros.

Rapto de Gamínedes

Entre la alta sociedad griega era una práctica común, aceptada y bien vista, las relaciones entre un adulto y un joven mozo, considerada como una normalidad entre un docente y su discípulo. En esa Grecia clásica, la belleza era el bien máximo de la filosofía platónica y se reflejaba en el cuerpo masculino.

Esta atracción hacia los adolescentes, conocida como “efebofilia”,  fue una práctica común de los dioses griegos, como el conocido caso de Ganímedes, que fue raptado por Zeus disfrazado de águila y convertido, posteriormente, en el copero de los dioses; o el de Cipariso, un mito de la época helenística, que fue amante de Apolo y a quien este dios concedió llorar eternamente a su ciervo de astas de oro, convirtiéndole en ciprés.

En las relaciones entre un maestro y su discípulo señalaremos, entre otros, a Solón (638-558 a.C. uno de los 7 sabios de Grecia), quien en un poema erótico que nos ha legado, describe el atractivo de los muslos y “la dulce boca” de un joven ateniense. Iguales prácticas le imputaron a los poetas Anacreonte (572-485 a.C.) y Píndaro (518-438 a.C.). El primero imploró a Dioniso para conseguir el amor del efebo Cleóbulo y el segundo dedicó un poema erótico al joven Teóxeno, en cuyas rodillas, se dice, murió el poeta.

Apolo con Jacinto y Cipariso

También Platón (427-347 a.C.) fue durante ocho años discípulo y probablemente amante de Sócrates. En su obra “El banquete”, habla extensamente del amor al efebo. Precisamente, la condena a muerte de Sócrates (470-399 a.C.), por “no reconocer a los dioses atenienses y corromper a la juventud”, fue por una denuncia, por celos, de varios pedófilos importantes atenienses, que veían cómo los jóvenes preferían a Sócrates. Este filósofo decía de esa relación afectiva, según relata Jenofonte en el Simposio: “El amante honrado nada (de lo que incumbe al chico) oculta al padre”.

En el Ejército la pederastia militar era un medio de exaltar en la tropa la moral y el valor en la lucha. En principio los griegos basaban la formación de sus unidades en individuos de la misma tribu, como ocurría en tiempos de Néstor, citado por Homero. Práctica que fue criticada, más tarde, por Pamenes, según dice Plutarco:

Sócrates y sus alumnos

“Néstor no era muy diestro ordenando un ejército cuando aconsejó a los griegos que se colocaran por tribus… debería haber juntado a los amantes con sus amados. Para un hombre de la misma tribu poco valor tiene el otro cuando el peligro presiona, pero un grupo cimentado sobre los lazos de la amistad y el amor nunca se romperá.”

Como resultado de esa concepción se creó en Grecia “El Batallón Sagrado de Tebas, que era una unidad de élite  formada por 150 parejas de amantes, todos masculinos. Un ejemplo es el de Epaminondas (418-362 a.C.), general de Tebas, y Capisdoros, que fueron enterrados juntos tras morir en la batalla de Mantinea, algo que se reservaba solo a los esposos.

Muerte de Alejandro Magno
Por último citaremos al famoso efebo Bagoas, un eunuco persa que mantuvo relaciones sentimentales y posiblemente sexuales con el rey Darío III y finalmente con Alejandro Mago (356-323 a.C.) que fue su preferido. También se decía que este príncipe de Macedonia, Alejandro Magno, y su general Hefestión eran amantes. Eso dio pié a la leyenda de que la muerte de Hefestión en la batalla, pudo ser la causa que llevó al delirio y la locura a Alejandro, que fueron la causa, posiblemente, de la muerte del héroe.

Estas costumbre pasaron luego a Roma, donde se les conocía como los “concubini”.

La relación entre el dios tracio del vino, la agricultura y el teatro, Dioniso (ó Dionisio) la describe  Roberto Galasso, en su obra “Las bodas de Cadmo y Armonía”, quien la toma, al parecer, del poeta épico griego Nono de Panópolis (final del siglo IV d.C.) en su obra “Dionisíacas”, en el siguiente relato: «…El primer amor de Dionisio fue un muchacho. Se llamaba Ampelo. Jugaba con el joven dios y los sátiros en las orillas del río Patolo, en Lidia. Dioniso contemplaba sus largos cabellos sobre el cuello, la luz que emanaba su cuerpo mientras salía del agua. Se ponía celoso cuando lo veía luchar con un sátiro y sus pies se entrelazaban. Entonces quiso ser el único en compartir los juegos de Ampelo. Fueron dos “atletas eróticos”. Se revolcaban por el suelo, y Dioniso se regocijaba cuando Ampelo lo derribaba y se montaba sobre su vientre desnudo. Después se limpiaban el polvo y el sudor de la piel en el río. Inventaban nuevas competiciones.

Desnudez de Dioniso
Ampelo vencía siempre. Se coronó con una sarta de serpientes, como veía hacer a su amigo. Y también lo imitaba cuando vestía una túnica manchada. Aprendía a tratar con familiaridad osos, leones y tigres. Dioniso lo animaba, pero una vez lo previno: “No tienes por qué temer a fiera alguna, guárdate sólo de los cuernos del toro despiadado.”

     Cierto día, Dioniso estaba a solas cuando vio una escena que le pareció un presagio. Un dragón cornudo apareció entre las rocas. Llevaba en el lomo un cabrito. Lo arrojo sobre su altar de piedra y hundió un cuerno en su cuerpecillo inerme. En la piedra quedó un charco de sangre. Dioniso observaba y sufría, pero el sufrimiento se mezclaba con una invencible risa, como si su corazón estuviera dividido en dos. Después encontró a Ampelo, y siguieron vagando, siempre de caza. Ampelo se divertía tocando una flauta de caña, y tocaba mal. Pero Dioniso no se cansaba de elogiarlo, porque mientras tanto lo miraba.

Dionisos, de Caravaggio

A veces, Ampelo recordaba la advertencia de Dioniso con respecto al toro, y cada vez le era más incomprensible. Ahora conocía todas las fieras, y todas eran amigas suyas: ¿Por qué debía rehuir al toro? Y un día, mientras se hallaba solo, encontró un toro entre las rocas. Estaba sediento, y le colgaba la lengua. El toro bebió, después miro al muchacho, después eructó, y una baba le asomo por la boca. Ampelo intentó acariciarle los cuernos. Confecciono una fusta de junco y una especie de brida. Apoyó sobre el lomo del toro una piel coloreada y lo montó. Por unos instantes sintió una ebriedad que ninguna fiera le había dado antes. Pero Selene, celosa, lo veía desde arriba y le envió un tábano. El toro, nervioso, comenzó a galopar, escapando de aquel aguijón odioso. Ampelo ya no controlaba a la bestia. Una última sacudida lo arrojo al suelo. Se oyó el seco sonido de su cuello al romperse. El toro lo arrastraba por un cuerno, que se hundía cada vez más en la carne.

Dioniso descubrió a Ampelo ensangrentado en el polvo, pero todavía hermoso. Los silenos, en círculo, iniciaron sus lamentos. Pero Dioniso no podía acompañarlos. Su naturaleza no le permitía las lágrimas. Pensaba que no podría seguir a Ampelo al Hades, porque era inmortal: se prometía matar con su tirso a la estirpe entera de los toros. Eros, que había adoptado el aspecto de un hirsuto sileno, se acercó para consolarlo. Le dijo que la punzada de un amor solo podía curarse con la punzada de otro amor. Y que mirara a otra parte. Cuando cortan una flor, el jardinero planta otra. Sin embargo, Dioniso lloraba por Ampelo. Era la señal de un acontecimiento que cambiaría su naturaleza, y la naturaleza del mundo.

Tristeza de Dioniso, de Caravaggio
En ese momento Las Horas se apresuraron hacia la casa de Helio. Se prenunciaba una escena nueva en la rueda celeste. Había que consultar las tablas de Harmonía, donde la mano primordial de Fanes había grabado, en su secuencia, los acontecimientos del mundo. Helios las mostró, colgadas de una pared de su casa. Las Horas contemplaban la cuarta tabla: se veía al León y a la Virgen, y a Ganimedes con una copa en la mano. Leyeron la imagen: Ampelo se convertiría en la vid. Aquel que había aportado el llanto al dios que no llora aportaría también delicia al mundo. Entonces Dioniso se recuperó. Cuando la uva nacida del cuerpo de Ampelo estuvo madura, separó los primeros racimos, los estrujó con dulzura entre las manos, con un gesto que parecía conocer desde siempre, y contemplo sus dedos manchados de rojo. Luego los lamió. Pensaba: “Ampelo, tu final demuestra el esplendor de tu cuerpo. Incluso muerto, no has perdido tu color rosado.”

Ningún otro dios, ni siquiera Atenea con su sobrio olivo, y tampoco Deméter con su pan tonificante, tenía en su poder algo que se aproximara a aquel licor. Era justamente lo que le faltaba a la vida, lo que la vida esperaba: La Ebriedad.»

       Como acabamos de comprobar, también el toro fue el desencadenante principal para que surgiera el embriagador elixir con el que se deleitaron los dioses y enloquece a los mortales.

Precisamente del sustantivo “efebo” toma nombre lo que se conoce, en el mundo del vino, como “Ampelografía” (del griego ‘ampelos’: vid y ‘grafos’: clasificación), que es la ciencia que estudia las variedades de la vid y el modo de cultivarlas.

Plácido González Hermoso.

Bibliografía:

1.-Norberto Galasso. “Las Bodas de Cadmo y Harmonía”. Ed. Anagram.

 

 

 

  Antes de relatar la leyenda sobre el dolor desgarrado del dios Dioniso Bromios (“el que brama”) por la muerte de su idolatrado Ampelo, permitidme esta somera introducción, a fin de situar al lector en el tiempo y en algunas…

Calificación del Artículo

CONTENIDO
INTERÉS
REDACCIÓN
ACTUALIDAD

Total

La opinion de nuestros usuarios es muy importante para losmitosdeltoro.com. Por favor, califique este artículo y si quiere deje sus comentarios. Gracias por colaborar con losmitosdeltoro.com

User Rating: 4.73 ( 2 votes)
78

...también le puede interesar:

Santa María del Fiore

EL TORO Y EL PANADERO (Leyendas Taurinas)

En el flanco izquierdo de la Catedral de Santa María del Fiore, en la plaza del Duomo de Florencia, en la parte superior de una columna portante, se encuentra la cabeza de un toro que asoma sobre una arcada de la parte posterior del ábside de dicha catedral.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *